Por: Antonio Alfaro 26 noviembre, 2016

Aquella tarde del último abril esperaba una versión aún con rezagos del chamaco matón, encarador, marrullero, de pocos titubeos al meter el pie, sin temor a los daños colaterales propios o ajenos.

A pocos días de su retiro, esperaba entrevistar al que alguna vez me pareció un poco odioso, un poco artero (¿dije “un poco?”).

En cambio, al Diálogos –el espacio de entrevistas a fondo de nacion.com– llegó un tipo amigable, sin vano orgullo al reconocer que el delantero Erick Scott lo derrotó en la cancha, honesto al admitir una época de tome y deme, en la que intentaba darse a respetar, con o sin balón.

No quiso pasar por santo. No lo fue –por más que se estile hablar solo cosas buenas de quienes han partido–. Lo admitió el hombre, sincero, evidentemente más maduro que aquel chavalo regañado por Rónald González, su compañero y referente, cuando el roce con el rival lo capturaba más que el juego y la pelota.

Esperaba a un Gabriel Badilla de enconada rivalidad, pero ese no llegó a la entrevista. En cambio y a cambio de no tener al –según yo– muchacho algo agrandado, entrevisté al ser humano, por primera y única vez, al imperfecto que reconoce sus errores, al combativo luchador sin facturas pendientes, pese a uno que otro intercambio de golpes y arañazos.

“Me voy y espero que la gente me recuerde como un tipo sin rencor”, me dijo esa tarde.

Entendí, más bien interpreté, que Gabriel Badilla tan solo había sido uno de esos que no se dan por vencidos, competitivos a muerte, corajudos, inmaduro en alguna etapa de su carrera (como todo el mundo), pero de agradable trato, un buen tipo, con el pecado de haber luchado en la cancha como si el fútbol fuera de vida o muerte.

Desde el domingo, cuando me despertó la noticia de su fallecimiento, no he dejado de preguntarme si no pudo detenerse en su carrera, si por algún momento el cuerpo iba y la mente ya no mandaba, o si por el contrario, vivió hasta el último metro con esa terquedad consciente que a veces duele y suele adueñarse de quienes nos hemos aventurado a correr.

–¡Vamos! ¡Ya casi! –le habría dicho a quien meses atrás compensó de sobra la decepción de no entrevistar al personaje que mis prejuicios esperaban.