Por: Amado Hidalgo 20 junio

Desde hace un tiempo, tengo pesadillas recurrentes con Pinocho. Desde niño, el cuento me pareció fantástico. El amor de un viejo carpintero hizo posible el milagro de la vida para un muñeco de madera. Pero esa marioneta se ha convertido en el Chucky de mis noches de insomnio.

A veces me asalta en medio de la noche vestido con un uniforme tricolor. Me grita que lo de un tal Eduardo y sus lugartenientes es también un cuento, como el del mismo Pinocho. Que no hay mano derecha ni izquierda, que tampoco tuvo socios para recibir dineros, que siempre actuó a espaldas de todos, que no hubo secretario ni secretaria que lo alcahueteara. Pero a ese muñeco le crece la nariz justo a medianoche, y con voz de ultratumba, me canta al oído un éxito de Mocedades: “Secretaria, secretario, la (el) que no habla, siempre atenta (o), diciendo nada… Fui también la (el) celestina (o) de tus citas clandestinas. Y aprendí a estar bien callada (o)”.

Otras noches me arruina el sueño porque se me presenta, me da la mano, me dice que viene a presidir un club de fútbol, que vuelve del cuento chino, que se fue sin cuentas pendientes de la Casa de los Sustos, porque a las secretarias y secretarios siempre les inventan historias como las que cantaba Mocedades, de incondicionales celestinos que ayudaron al jefe a subir peldaños, a escoger los regalos para pagar favores, pero que nada es cierto. Y mientras le crece la nariz, enorme, enorme, un político lo abraza y ambos hacen la señal de la victoria, al tiempo que la noche se viste de verde.

Pero hay otro Pinocho que no me deja en paz. Creo que no es tico, porque tiene acento medio raro. Este es más amistoso y viste el mismo colorido traje original de la marioneta. Me dice, sonriente, eso sí, que su club de fútbol escapó de la bancarrota solo a punta de astucia, como la que usó él para huir de la ballena que lo había tragado junto a su papá carpintero (hicieron una fogata en su panza). Otras veces me cambia el cuento, y dice que es el hada madrina la que hizo posible el milagro, que tiene una varita mágica que multiplica las monedas y que, además, vendió su historia a un canal de televisión (eso es cierto), y que patentizó su traje de muñeco bueno, con patrocinadores incluidos, para hacer el negocio del siglo.

A este también le aumenta la nariz hasta el miedo, más larga que el cuello de una jirafa.

De pronto aparecen réplicas, con cara de fiscales, de auditores financieros, de directivos despistados. Levitan, viajan con la Sele , toman café con el presidente, se tratan de pellizco en nalga, y me gritan que no pasa nada, que no han investigado, pero que me duerma tranquilo, que no pasa nada. Y les crece y crece la nariz.

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