Por: Jacques Sagot 21 agosto, 2016

Darío Dos Santos no había aun jugado un solo partido de fútbol, cuando, a los 19 años, fue encarcelado por vigésima vez.

Un funcionario de la prisión persuadió al ladronzuelo para que utilizase su pasmosa capacidad de salto —que había depurado escalando muros y huyendo de los policías— para superar por alto a los defensas en el terreno de fútbol. “Jugué mi primer partido en la cárcel” —recuerda Darío—.

El carioca, flor de la miseria, decidió darle a su vida un golpe de timón… pero se prometió cometer un último robo. Con el botín compró un balón de fútbol. Fue una adquisición providencial: Darío “Maravilla”, estrella del Atlético Mineiro y banca de la Verdeamarela en México 1970, se retiró como el segundo máximo anotador de goles de cabeza, tras el legendario húngaro Sándor Kocsis, y como el cuarto mayor goleador de la historia del fútbol brasileño, después de Pelé, Friedenreich y Romario.

Sí, es una bella historia. Pero no puedo proponerla como paradigma, no puedo decir: “sí, conviene ser miserable y además dedicarse a la delincuencia, para hacerse encarcelar, y toparse en el presidio a una paternal figura que va a enrumbarnos por la senda del bien y del éxito deportivo”.

No, no puedo “recomendar” tal cosa. A lo sumo, observo que, muy ocasionalmente, un bello nenúfar puede brotar en medio del más pestilente pantano. Un pantano que no es un buen hábitat para el ser humano, y del cual conviene por todos los medios alejarse.

El lateral derecho del Brasil campeón en 1994 y 2002 y subcampeón en 1998, el inextinguible Cafú, creó una Fundación contra la Desigualdad Social en su barrio natal, en la marginada y misérrima periferia de Sao Paulo. Al día de hoy, 1.250 niños y jóvenes reciben ahí cursos de capacitación donde pueden desplegar su creatividad y alejarse de la droga y la delincuencia. Rivelino y Jairzinho han fundado academias análogas.

Todo hombre exitoso contrae una deuda con la sociedad, con la providencia, con la vida. El talento les fue dado como una gracia, un regalo sublime. La decencia, la ética, el más elemental sentimiento de justicia los moverá a ofrecer oportunidades a quienes hoy toman su relevo en ese gran sueño que es la vida. El fuego debe pasar de mano en mano: la luz fue hecha para ser compartida.

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