Por: Roberto García H. 25 febrero

Una noche lejana, allá por el año 1960, conocí las luces del Estadio Nacional, con motivo de un partido entre Orión y Saprissa, al que me llevó mi padre, quien simpatizaba con la divisa azulgrana. Fue la única oportunidad en la que fuimos juntos al estadio, pues él no era especialmente amante del fútbol.

Conservo la imagen de mi papá con su pantalón oscuro, su camisa formal y su saco de oficinista. Solía regresar del trabajo al anochecer con La Prensa Libre bajo el brazo. En la época, los periódicos se leían en las casas, en las calles, parques y buses. Los pregoneros voceaban las noticias en las esquinas y el vespertino se vendía como pan caliente.

Era un hombre noble, con una chispa humorística que se fue apagando con el paso del tiempo, y reservado en el plano del afecto, quizás por las preguntas sin respuestas de su niñez, pues el menor de 13 hermanos nunca disfrutó de la figura paterna, debido a que mi abuelo español murió repentinamente, cuando él tenía apenas meses de edad.

El viejo nos quería y procuraba nuestro bienestar con afán y constancia admirables. Después de cenar, mis hermanos y yo escuchábamos por la radio programas como Cuquita , Lalito y su mamá , La Tremenda Corte y Los Tres Villalobos . Luego nos mandaban a dormir y, minutos más tarde, mi papá entraba con un foco a revisar la habitación y palpaba delicadamente nuestras mejillas, para asegurarse de que no teníamos fiebre. Siempre supe que aquella era su manera sutil de expresar un amor incondicional.

El asunto es que fui con él por primera vez al estadio en la noche (yo solo había ido al fútbol dominical en las mañanas). Me cautivó la claridad que descubrieron mis ojos. Acostumbrado a la luz mortecina en las calles de entonces, experimenté, fascinado y atónito, la intensidad de un sol nocturno que resaltaba el brillo esmeralda de la gramilla, la simetría en las líneas de cal y las redes blancas en las porterías.

Han pasado los años. Sin embargo, las luces del antiguo y querido Estadio Nacional persisten en mi memoria con el realismo mágico de Cien años de soledad . Puedo afirmar que descubrí el esplendor de los reflectores del mismo modo en que, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía recordaría la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

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