Por: Amado Hidalgo 23 noviembre, 2016

La muerte de Gabriel Badilla suspendió un clásico, unió a dos barras antagónicas, convocó en una misma iglesia a los jugadores con más rivalidad y sumió en igual dolor a la variopinta comunidad del fútbol, tan criticada a veces por las pasiones y odios desatados en su nombre.

No fue un santo en la cancha, pero esa convocatoria masiva alrededor de su féretro es el reconocimiento de compañeros y adversarios a su virtud de gladiador, a ese temple que lo llevó con arrebato por cada escenario donde se puso la morada y la defendió con el corazón abierto.

Por eso, a pesar de los golpes que pudo haber propinado, propios de su puesto, en la retina de todos queda la imagen del luchador inclaudicable, del guerrero indómito que nunca se rindió, quien más que desafiar a la muerte lo que hizo fue rendir un tributo a la vida, entregado hasta el último minuto a la lucha por alcanzar sus metas.

Después del partido siempre fue afectuoso e inteligentemente conciliador, fiel practicante de esa viaje frase: “ Lo que pasa en la cancha se queda en la cancha”. Por eso lo fueron a despedir y le rindieron tributo futbolistas de todos los clubes, y aficionados de distintos colores.

Pero hay algo que no puedo pasar por alto. Me dirán que es de la vida privada de su familia. Pero igual me atrevo a escribir. Porque tiene que ver con la tolerancia, con el respeto al dolor ajeno, con el perdón y tantos otros valores que, curiosamente, siempre añorarnos en el fútbol.

Le echamos la culpa a ese deporte de desatar odios, rencores, pleitos e intolerancia. Pero esta vez fue todo lo contrario. El fútbol se unió para rendir homenaje a uno de sus más auténticos exponentes. No obstante, si la muerte de Gabriel Badilla sirvió para romper las barreras futboleras, no alcanzó para despertar el sentimiento de solidaridad y tolerancia en el círculo más íntimo de una familia.

El llamado desesperado de Fabiola Herra, la madre de sus hijas, no puede pasar desapercibido. Sin importar quién tomó la decisión, lo cierto es que médicamente el entierro podría haberse postergado para que la mamá se encontrara con las pequeñas y acudieran al doloroso acto arropadas por el calor que más necesitaban.

En un momento como este, así como no hubo divisas, camisetas o cuentas por cobrar derivadas del fútbol, uno esperaría que el amor y la solidaridad afloraran como sentimientos naturales para abrigar a la madre que clama por la espera y proteger a las niñas en su peor hora de orfandad.

Nos damos cuenta, entonces, que le pedimos mucho al fútbol y lo cargamos de culpas que no son suyas. La tolerancia, el afecto, la solidaridad y la compasión no se aprenden en un estadio, sino en la intimidad de los hogares.