Por: Eduardo Baldares 26 septiembre, 2016

“Si la aplico yo, es legal, pero si me la hacen a mí, es inmoral”, parece ser la tendencia en estos días, sin obviar el típico lavado de manos: “Diay, si todo mundo lo hace, yo solo sigo la corriente”. Siempre es culpa de los demás.

Que estamos en un mercado libre, bajo la ley de la oferta y la demanda y que bla bla blá. Cierto. Entonces, ¡no lloren cuando se ejerzan esas leyes en su contra!, porque desnudan su doble discurso. O, ¿no se han dado cuenta de que, a través de la historia, ustedes cuatro se han cansado de saquear y repartirse los diamantes a costa de las canteras de los no tradicionales?

Por eso resulta patético oírlos rasgarse las vestiduras. Uy, sí, “me quieren quitar a un jugador, le están coqueteando”. ¡Y la viga en el propio ojo!, ¿esa no la ven?

El circo sigue con justificaciones al estilo “lo hago, porque me lo hicieron a mí”, y es entonces que se entra al círculo vicioso del perro mordiéndose la cola. De nunca acabar, porque los otros procederán igual y, así, por los siglos de los siglos (omítase el amén, porque, en economía, las burbujas pueden estallar en cualquier instante. Incluidas las salariales).

Ninguno de los cuatro se salva. Entre ustedes están los tres que ganaron más títulos locales, así como los tres que levantaron Concacaf, son los que tienen mayor afición, los que nutrieron a nuestras selecciones en sus principales gestas y los que exportaron más talentos... Pero muchos de esos brillantes no los descubrieron ni pulieron en sus propios yacimientos, sino que se los apropiaron después, billete en mano.

Repasen adonde fueron a parar algunas de las principales figuras de equipos no tradicionales que fueron efímeramente competitivos, como Puntarenas FC, Brujas, Liberia, San Carlos y, más recientemente, Limón, Uruguay, Belén y la Universidad de Costa Rica.

Está clarísimo que todo ese trasiego de talentos es legal. Y que beneficia al jugador con deseos de superación. Y es justo por eso que el tema no admite gritos en el cielo. Ahora bien, si quieren ponerse de acuerdo para desinflar salarios, enhorabuena, pacten lo que tengan a bien y respétense entre ustedes. Están en su derecho. Pero lavándose las manos, echándole siempre la culpa al prójimo, no lo van a lograr. Más bien alborotan el panal... con el riesgo de aguijonear la burbuja.

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