Por: Jacques Sagot 7 agosto, 2016

Nadie daba un cinco por ellos. ¿Jugar al fútbol? ¡Impensable! El mundo los echó en el cajón de los lisiados, los tullidos, los minusválidos (de minus-valía: ¡valer menos!). El clóset al que confinamos nuestros juguetes averiados. El ático donde languidecen las muñecas chochas, el viejo armario, la guitarra desvencijada, todos esos objetos muertos-vivos, especie de cementerio doméstico para las cosas entrañables.

Jonás El galgo Gutiérrez, con su hemisferio izquierdo completamente paralizado, comienza a practicar el fútbol como medio de rehabilitación, y llega a ser uno de los grandes carrileros del fútbol argentino, gladiador de la Albiceleste en el Mundial 2010.

Liliam Thuram, central de la selección francesa campeona en 1998. En su natal Guadalupe, los médicos pronosticaron que pasaría su vida en una silla de ruedas. Pero los médicos olvidan a veces que hay una fuerza vital que se llama espíritu: es poderosa, indoblegable, y activa los mecanismos de nuestra volición. Thuram marcaba en 1998 los dos goles con que su selección vencía a Croacia y clasificaba para la gran final. Los únicos tantos que anotó con les bleux , ¡los goles de una vida!

Héctor El divino manco Castro. Se cercenó su antebrazo derecho con una motosierra a los 13 años de edad. ¿Que el fútbol no se juega con los brazos? ¡Traten de correr con un brazo amarrado al tronco, amigos, y después hablamos! Los brazos son esenciales para el equilibrio, al saltar, al driblar, al cabecear, al picar. Pues Héctor le respondió al destino siendo monarca con Uruguay en el Mundial 1930. Anotó el primer gol histórico en el Estadio Centenario, y el último del 4-2 con que los charrúas derrotaron a la Albiceleste.

Hay seres humanos invencibles. La vida les da fango, y ellos, consumados alquimistas, lo transforman en oro. En el pantano, la corrupción operada por miríadas de bacterias, engendra un nenúfar que se eleva hacia el cielo, buscando la luz. No hay flores tan bellas como las flores de la marisma. Ningún espíritu será tan robusto y tenaz como aquel que vio su forma brotar a golpes de martillo y cincel, en la divina fragua del dolor humano. Ahí se temperan los gigantes, ahí se distinguen los verdaderos triunfadores. La vida, perpleja, subyugada, se enamora de ellos.

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