Por: Roberto García H. 7 julio

“Soy de Lomas del Río y amo mi pueblo”, expresó Shirley Cruz Traña hace varias semanas en el programa Nuestra Voz de la periodista Amelia Rueda. La futbolista costarricense relató en Monumental su origen guanacasteco, las vivencias infantiles en Pavas y el desafío de adaptarse a una ciudad cosmopolita, como París, mientras se las arreglaba para cocinar y aprender a lavar la ropa, lidiando con la soledad y los fantasmas de su niñez.

La hija de don Isidro y doña Marquesa describió las noches de hielo en Europa. Hasta que las condiciones fueron mejorando gracias a la valentía de persistir en un ambiente extraño para una muchacha que añoraba su entorno familiar y el barrio del que provenía. Porque, dejémonos de vainas, ¡hay que ver cuánto golpea la nostalgia cuando se está lejos y el sol interior tarda en brillar!

No la conozco personalmente. Pero he seguido su trayectoria, dentro y fuera de la cancha. Y no dejo de admirar su claridad mental, su actitud convincente, la humildad bien entendida que denotan sus expresiones, la educación que adquirió desde la cuna. Y, claro está, la jerarquía de la capitana de la Selección Nacional y del Paris Saint Germain. Con el envidiable palmarés de seis veces campeona en Francia con el Olympique Lyon y un rol protagónico en dos finales de la Champions League, la destacada mediocampista maneja con destreza los hilos del juego y ejerce su positiva influencia en sus compañeras.

Tal vez les asiste la razón a quienes pregonan que el fútbol es presente. Pero también es historia, evocación, referente. Por lo menos, en mi retina persistirá aquel avance con balón dominado desde el mediocampo, en la final de la Champions, y el remate que la guardameta rival desvió con dificultad.

Shirley Cruz es abanderada de la dignidad de miles de familias honorables de la populosa comunidad al oeste de la capital, golpeada por el hampa y tantas veces a merced del crimen y de balas perdidas.

Destinado a la nobleza, a muñecas de caja y cuentos de fantasía, el título nobiliario calza a la perfección con la princesa de Pavas. ¡Grande, Shirley, grande!

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