Por: Jose David Guevara 27 abril

Ambos nombres suenan parecidos, pero se trata de diferentes personas…

Uno, aseguran las mujeres, es un muñeco; el otro, sufre con el muñeco (sí, ese que tiene setenta y siete años). De ambos, hay uno que canta (lo cual no me consta pues no soy su seguidor) en tanto que el otro se la pasa siempre con la misma cantaleta (lo cual sí me consta). Está de moda comentar en las redes sociales –en especial en Facebook– acerca del que se puso una camisa del Deportivo Saprissa con el número seis (el de Heiner Mora), una prenda de la que el otro ya se había despojado.

Hay que agregar que uno es experto en llenar estadios –graderías y gramillas a reventar–, mientras que al otro le atiborran su casa deportiva únicamente a finales de campeonatos y cuando vende humo; claro, por lo visto el público sale contento con el primero y enojado y frustrado con el segundo. ¿Cómo no decir que uno es una estrella y que el otro se estrella? Está claro, además, que uno mueve sus recursos en la banca, pero el otro sufre con el banquillo.

A uno le gritan, cuando sale al escenario, “¡Bieber, Bieber”, al otro “¡Vive! ¡Vive! Ambos tienen sed de títulos: uno de prensa; el otro, de campeonatos de fútbol. Uno es afinado (según cuentan sus seguidores), en tanto el otro desafina con sus declaraciones posteriores a cada partido. El más joven siempre anda de gira; el mayor gira y gira sobre las excusas de siempre. Uno escribe su nombre con jota de juventud (“divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”; algún día le pasará, como a todos), mientras que el otro con jota de justificación, joda y jorobar.

Y aún hay más: ambos, Justin y Jeaustin, pasan mucho tiempo en un país y una ciudad que empiezan con la letra ce: Canadá y Cartaguito. Uno, ¿hace falta especificar cuál?, dirige un equipo que pone a bailar; el otro, lidera un conjunto al que al final se lo terminan bailando (¡pobre afición!). El más joven se la pasa componiendo; el otro compone a ratos. Hay que referirse, además, a las luces: uno vive rodeado de ellas, en tanto que el otro se la pasa de apagón en apagón.

Es evidente que uno de ellos disfruta lo que hace; ¿y el otro? ¡vaya cara de sufrimiento en cada juego! De los dos, uno viste por lo general en fachas; el otro, siempre luce traje entero y corbata… ¡definitivamente el hábito no hace al monje!

Lo que sí tienen en común es que ambos son berrinchosos, caprichosos, les gusta robarse el show y ninguno me desvela.

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