Por: Jacques Sagot 17 septiembre

Es ingrata, la lid del deportista. Una batalla mucho más ardua y compleja de lo que suponemos. Un partido de fútbol no enfrenta a dos equipos de 11 hombres: son en realidad 22 contra 22. El jugador debe vencer a su rival físico, externo, tangible, ese que intentará por todos los medios —lícitos o ilícitos— deshacer lo que él proponga. Pero como si esto fuese poca cosa, el guerrero debe también vencerse a sí mismo, vencer a ese parásito psíquico que lo habita: el impulso de auto-sabotaje, de auto-boicot, “la sombra” de que hablaba Jung. Todo jugador debe comenzar por el vencimiento de sí mismo, de su mitad conspiradora, de su demonio interno, ese que le musita al oído: “vas a fallar el penal, y te van a linchar en tu país”, o “el puntero izquierdo te va a bailar una y otra vez, y vas a quedar reducido a la impotencia y el ridículo”, o “en el último minuto te van a meter un gol: lo presiento, lo huelo, lo sospecho, lo sé”. Cuando estos súcubos del infierno se enseñorean de la psique del jugador, cuando lo enfeudan y colonizan, la partida puede darse por perdida.

Así pues, son 11 rivales en el terreno de juego… y un saboteador en el alma del jugador: 12 enemigos en total. El poder del contrincante interno es tremendo: nosotros mismos lo creamos, nos conoce mejor que los rivales físicos, y detenta “las llaves del reino”. Es por mucho el más insidiosos y difícil de domeñar.

El mundo está lleno de futbolistas de primerísimo orden, que carecen del músculo espiritual para doblegar a su “sombra”, a su “fantasma”, y caen derrotados una y otra vez. Son virtuosos del balón: nadie hay mejor que ellos. Pero, ¡ay!, sufren de esa debilidad, esa falencia en su constitución psíquica. Para ellos, enfrentar al rival físico es mil veces más fácil que controlar y silenciar al rival interno: son maestros de la auto-derrota, de la auto-zancadilla, de la auto-conspiración. No llegarán lejos. Son los esclavos de un demonio que se divierte martirizándolos y socavándolos moralmente. Jugadores que —para invertir le expresión tradicional— arrancan una derrota de las fauces de la victoria. Se rompen en los momentos decisivos. La maestría sobre nosotros mismos: sin ella seremos simiente de derrota. Cierto del fútbol como de la vida.

Etiquetado como: