Por: Danilo Jiménez 25 mayo

Combínelos como quiera: Arrieta con Landín, Hansen con Cruz, Hansen con Arrieta, Landín con Cruz, etc. El resultado será el mismo: riada de goles en los arcos rivales.

El campeón alineará goleadores seriales en el inminente Invierno, una forja de delanteros que promedian individualmente los 15 tantos por torneo y prometen pulverizar records.

Alimentados por volantes y carrileros de buen pie como los que distinguen al Team, estos cuatro jinetes del gol desgranarán en la red el fervor ofensivo del monarca para infortunio del resto.

Después de la noche con título en Tibás y el trofeo apuntando al cielo como promesa de bicampeonato, el Herediano que se viene asusta y amenaza con un prolongado reinado.

De nuevo se movió con inteligencia en el mercado. Apartó primero y se aseguró, después, a los mejores para redondear un equipo temible, sobre todo en ataque porque con los florenses, se sabe, el toque viene desde el fondo y se requiere de hombres que la emboquen.

Así se arma un equipo que confía a ultranza en su ADN de jugar bien siempre, que no negocia su identidad, que cuando todos lo bajaban del podio ante Saprissa sacó los recursos que le aseguraron un lugar entre los grandes.

No me cansaré de escribir que el Team juega bien por convicción, porque desde sus orígenes formó en sus filas a futbolistas distintos, de probada calidad técnica, que fueron adoquinando la historia con títulos, más allá de rachas en las que se apartó del rumbo.

Ahora uno entiende los berrinches de Medford, su victimismo y delirio de persecución arbitral. Quería y lo consiguió, atraer sobre sí la presión por resultados que lo alejaron del liderato mientras apuntalaba el elenco que barrería en la cuadrangular y ganaría el título.

En la hora decisiva emergieron el toque y la circulación, el desequilibrio pelota al pie, el fútbol rápido por los costados, el pase que desconcierta y el gol para delirio de las tribunas.

El destino premió a un futbolista humilde, casi olvidado, que ascendió con la grandeza de los patriarcas florenses de antaño. José Sánchez fue la daga que cortó la resistencia de todos los que intentaron frenarlo.

El pequeño volante le dio profundidad al juego del campeón, se cansó de hacer diagonales para dejar defensores regados por el camino, lanzar pases conmocionantes y alimentar en la mente de su hinchada el preludio de gol.

Un regalo merecido para el futbolista que vio morir a su padre en una tribuna del estadio Ecológico, quien deberá estar feliz allá, en la otra dimensión, en donde es un espíritu libre y feliz para reencontrarse con su hijo ahora en forma de brisa cálida.

El Herediano que se viene amenaza con un largo reinado por su filosofía e intérpretes y porque el resto, sinceramente, no tiene en el papel con qué salirle al paso.