Por: Jacques Sagot 16 abril

Es perverso. Ofensivo. Denigrante. Indigno. Es ideológicamente peligroso. Me refiero a la implosión fútbol-guaro-mujeres (las “rumberas”). Venderle a la gente la noción de que el fútbol se disfruta más cuando hay alcohol y mujeres de por medio. Ese nefasto triángulo, esa tríada fatídica es nociva para todos, en particular para niños y jóvenes. Ahí mismo tienen ustedes el germen de la violencia contra las mujeres. El concepto mismo de las rumberas es inherentemente violento: supone una falta de lesa humanidad, la cosificación de las muchachas, su concepción como un mero suplemento, un valor agregado, un ingrediente adlátere del espectáculo futbolístico.

La mayoría de los hombres aprueba la práctica de las “rumberas”… hasta ese preciso momento en que se les formula la tremebunda pregunta: “¿Te gustaría que tu hija se dedicara a eso?” Ahí se les cae el discurso, ahí comienzan a balbucir incoherencias, ahí se fracturan psíquicamente, ahí se revela su dual, esquizofrénica naturaleza: depredadores y don juanillos de poblachón por un lado, adalides de la moral pública por el otro.

Perdón, amigos, pero entre una rumbera y una estriper hay tan solo una diferencia de grado, no de esencia o de naturaleza. Unas enseñan más carne que las otras. Unas usan unas faldas brevísimas, las otras bailan encueradas alrededor de su tubo. ¿Quieren por ventura ponerles un tubo, a sus “rumberitas”? Más de uno aplaudiría.

¿Qué diantres tiene que ver la desnudez de la mujer y el consumo del alcohol -destilado o fermentado- con el fútbol? ¿De dónde procede esta arbitraria, anti-natural, monstruosa trinidad? ¿No se dan ustedes cuenta de lo que acarrea la euforia o la ira futbolera, aunadas a la intoxicación etílica y la inundación hormonal producida por el cuerpo prostituido de la mujer? ¿No se percatan ustedes de la peligrosidad de este abyecto cóctel? Los hay que se benefician inmensamente con ello, eso lo sé muy bien, y correrán a calificarme de moralista. Yo pregunto, ¿desde cuándo es esta una mala palabra?

Me sorprende que las instituciones abocadas a la defensa de la dignidad de la mujer no digan “chis”, ante esta inmundicia. Es un silencio cómplice y obsequioso.

No mezclen cervezas, senos y patadas… el resultado suele ser deletéreo.

Mesorprende que las instituciones abocadas a la defensa de la dignidadde la mujer no digan “chis”, ante esta inmundicia. Es unsilencio cómplice y obsequioso.

Nomezclen cervezas, senos y patadas… el resultado suele serdeletéreo.

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