Por: Jose David Guevara 10 agosto, 2016

Solo los niños pueden anotar goles de este tipo… Sucedió en la avenida central de San José, específicamente frente a Universal. Una vendedora ambulante morena, baja y gruesa anunciaba a todo galillo su producto: una pistola de juguete que dispara pompas de jabón.

La señora no se limitaba a proclamar dicha mercancía. Además, exhibía sus bondades llenando de globos frágiles, cristalinos y volátiles ese tramo del bulevar capitalino.

Algunas de aquellas esferas se estrellaban contra las vitrinas de algunos negocios; otras, se desintegraban apenas chocaban contra las cabelleras de los peatones; unas cuantas morían al aterrizar sobre los adoquines, en tanto que muchas de ellas alzaban vuelo hasta los segundos pisos de los edificios sopladas por la brisa.

De cuando en cuando, aquella vendedora recogía en una bolsa las coloridas pistolas y se recostaba contra alguna pared: su método de cada día para burlar a los oficiales de la Policía Municipal que decomisan los productos de los comerciantes callejeros a los que sorprenden in fraganti .

Una vez que los policías se alejaban y el comercio ilegal retornaba a la normalidad, reaparecían la vendedora, las armas de juguete y las pompas de jabón.

Fue en uno de esos instantes que entró en escena un niño de unos diez años, el cual no lo pensó dos veces para empezar a perseguir –en medio del ajetreo de la avenida central– lo que de seguro imaginó como bolas de fútbol, pues cada vez que las alcanzaba, brincaba, las golpeaba con la cabeza, gritaba “¡¡¡gooooooooooooollllllllll de Suárez!!!” y corría a celebrar agitando las faldas de la camiseta.

Imposible no hacer un alto en el camino para observar tan bello espectáculo. En ese momento, no me importó el peso de mi mochila cargada con cuatro libros, un par de libretas, un juego de plumas fuente, el teléfono celular, una cámara fotográfica, medio kilo de café caracolillo en grano y un kilo de maní recién comprado en uno de los negocios del Mercado Central.

Lo confieso: hacía años, un “partido” de fútbol no me producía tanta alegría, entusiasmo, risas y el fuerte deseo de volver a ser niño para saltar yo también a la cancha de adoquines y hacer jugadas de pared, taquitos, túneles y chilenas con aquel carajillo que me enseñó que cuando se quiere jugar fútbol, basta con una pompa de jabón.

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