Por: Jacques Sagot 30 abril

A manera de profecía orwelliana o huxleyana, vaticinaré que el fútbol propenderá cada vez más a producir un tipo de jugador indiferenciado, polifuncional, mecanizado. Los técnicos se decantarán por aquellos hombres que sean capaces de desempeñar mayor cantidad de funciones, y no por los que sean excelsos en destrezas concretas, especializadas.

Cierto que Cafú jamás dribló por la punta derecha como Garrincha, ¡pero corría toda la banda y defendía, cosa que Mané jamás hubiera hecho! Los equipos privilegiarán la noción del value meal o del value package : ¡adquiera dos jugadores por el precio de uno! ¿Para qué tener a un virtuoso de los últimos 20 metros, cuando se puede contar con un eficiente —no más que eso— pistón capaz de subir y bajar por su banda? Lo que perderá en excelsitud y distinción, lo ganará en rentabilidad, en polifuncionalidad. Una concepción esencialmente economicista del fútbol.

Los jugadores asumirán un perfil cada vez más homogeneizado y pasteurizado. Todo el mundo tendrá que marcar tanto como atacar. Las jerarquías se disolverán. Ya no habrá reyes, solo soldados, oficiosos funcionarios, tuerquitas y poleas en un engranaje más o menos bien lubricado. Cierto: Pelé, Cruyff y Maradona eran capaces de cumplir con funciones de recuperación cuando las circunstancias lo ameritaban, pero no solían ser sacrificados en esta lid. Para eso había otros especímenes (Benetti, Bonhof, Gallego, Dunga, Buchwald, Gattuso, Makélélé, Essien).

Ahora se esperará que todo hombre marque, construya, proyecte, defina, recupere balones, drible, corra por las bandas, llegue al cierre, salga jugando, y pueda desempeñarse como portero si la situación lo demandase. Todos juegan como todos y nadie juega como nadie. El fútbol propende hacia un “jugador total”, o “jugador absoluto”. Esto borrará las especificidades de cada función. Generaremos legiones de jugadores “burocráticos”, de “futbolistas hormiga”. Con este problema: a fuer de querer hacerlo todo, estos robóticos y atléticamente superdotados gladiadores terminarán por no hacer nada de manera sobresaliente. Sobre los genios incomparables en sus habilidades concretas, con su estilo singular, prevalecerán los mediocres funcionales, incoloros, indistintos.

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