Por: Roberto García H. 23 septiembre, 2016

Así se llamaba una revista deportiva que editábamos en Guadalupe, Goicoechea, los integrantes del Club Sport Racing, entre 1972 y 1973. En otras oportunidades he relatado en esta tribuna las vivencias de adolescencia y juventud de quienes tuvimos el privilegio de conformar un grupo de jóvenes que se reunía, invariablemente, en la esquina de Maderas El Guadalupano, 100 metros al norte del templo católico de la ciudad.

Con la revista alimentaba la ilusión de convertirme en periodista deportivo, aspiración que forjé desde la infancia y que derivó en mi dedicación a la crónica futbolística por tres décadas en La Nación . Pero en modo alguno se trató de un proyecto individual. Fue más bien el afán colectivo y la expresión creativa de chicos y chicas soñadores que alternábamos el fútbol con aventuras de maracas, dulzaina, guitarra y canto, en los ventanales de nuestros amores reales y platónicos. Despierta, mi adorada despierta, que traigo mi serenata para hacerte soñar…

Por lo general, no se movía ni una cortina. Y en más de una ocasión era el gruñido de nuestras potenciales suegras (os) lo que obteníamos por respuesta en la oscuridad para, sabia prudencia, poner pies en polvorosa, tirarnos un fresquillo por ahí y seguir ensayando al día siguiente, a ver si acaso.

El Racing y la Comunidad se leía en el barrio entero. Una vez le llevamos un ejemplar al argentino Humberto Maschio, a la sazón director técnico de la Selección Nacional. El Bocha nos atendió gentilmente y prometió que leería la revista. Y, grata sorpresa, meses más tarde recibimos un telegrama del Racing de Avellaneda, agradeciendo la existencia del Racing guadalupano y de nuestra publicación.

Nombrar a cada uno de mis compinches sería imposible; mucho menos a las Dulcineas. Pero debo mencionar a dos de nuestros amigos, Arnoldo Quirós Coto y Honorato González Carvajal, porque nos doblaban la edad y supieron ser nuestros líderes y referentes positivos. En mucho, somos personas de bien, gracias a ellos.

Escribo desde la nostalgia. Un día de estos tomé El Racing y la Comunidad , acaricié sus páginas y comprendí la dimensión de aquellas pequeñas cosas que, como canta Juan Manuel Serrat, el viento arrastra allá o aquí. Te sonríen tristes. Y nos hacen que lloremos… Cuando nadie nos ve.

Etiquetado como: