Por: Antonio Alfaro 7 mayo

Enciendo el televisor, busco algún partido en vivo, cualquiera, y lo primero que aparece es ese rostro inconfundible.

Cómo olvidarlo. La última vez que lo vi, atónito, pasmado, casi fantasmagórico, creí que sería realmente la última vez que lo vería. Creí que se lo tragaría la tierra, que iría directo a los fuegos de Dante Alighieri, que tomaría un avión hacia el lugar más recóndito posible, que se escondería en las faldas del monte Jaizquíbel, sin televisión, sin internet, sin periódicos.

Por supuesto que para entonces yo ni siquiera sabía de un tal Monte Jaizquíbel, allá en Fuenterrabía, pueblito del País Vasco, de donde es oriundo, pero de fijo en algún lugar del planeta había un lugar perdido del que ese hombre jamás saldría; un cuarto construido con los lamentos y recuerdos del 6 a 1 recién sufrido ante el Barcelona, la última vez que vi su cara en la televisión, enfocado un par de veces, con el festejo catalán por doquier.

Ni siquiera recordé su nombre (Unai Emery); su cara, sí.

Parecía condenado al reproche eterno, a padecer el despilfarro de un 4 a 0 en el primer juego. Aún peor: a purgar la falta de control, más bien de un puntillazo en par de contraataques, cuando el 3 a 1 adverso en el segundo encuentro obligaba al Barcelona a un imposible 6 a 1 con tan solo media hora de partido por delante.

Cómo olvidar esa cara, justo la primera que vi cuando encendí ayer el televisor. Su Paris Saint Germain jugaba un partido más. Lo ganaría 3 a 0 sobre el Bastia, negándose a dejar el título en manos del Mónaco, aunque parece casi imposible que el cuadro del principado no gane los tres puntos que lo separan de la corona, con tres partidos pendientes. Mientras tanto, Unai Emery (ya no olvidaré su nombre) sigue ahí, dando la pelea.

No se murió. No se lo tragó la tierra. A lo mejor de cuando en cuando vuelve a acordarse del 6 a 1. Yo, al saberlo vivo, estuve husmeando un poco en su carrera y recordé el tercer lugar del Valencia en la liga española por tres temporadas en fila (2009-2012 ) y los tres títulos consecutivos consecutivos del Sevilla en la Liga Europa (2014, 2015 y 2016).

Entonces, uno descubre vida antes y después del 6 a 1, que tampoco le sirvió al Barcelona para ir mucho más en la Champions, eliminado luego por la Juventus.

Entonces uno recuerda que es solo fútbol, que no vale la pena morirse, ni siquiera perderse en tontas discusiones.

Valen la pena, en cambio, aquellos hombres que descubren que la vida sigue.