Por: Jacques Sagot 19 marzo

Shakespeare decía: “Los errores de los hombres serán grabados en bronce. Sus virtudes, en cambio, serán escritas sobre el agua”. Tal es, en efecto, la mezquina, misérrima, odiosa naturaleza humana. Digan ustedes “Martín Palermo”, y todo el mundo recordará los tres penales fallados en la Copa América 1999. Luego, al desgaire, y a modo de mera nota al pie de página, alguien observará que Palermo es el goleador histórico del Boca Juniors, y evocará su presencia física, magnífico cabeceo y temple de gladiador indoblegable.

Los errores de Navas –catalogados, estudiados, exhibidos– han sido ya repujados en bronce. En altorrelieve, para que asuman una dimensión más monumental. Sus atajadas, por el contrario, serán escritas sobre las aguas del más frívolo, efímero y desmemoriado arroyo. Agua que se va para no volver, agua que es presente perpetuo, agua que se lleva al mar todas las imágenes que alguna vez reflejara, hechas trizas, desintegradas.

Y eso es ser portero. La leyenda sostiene que el césped no vuelve nunca a crecer bajo los pies de un arquero que yerra. El error de un defensa es medio gol, pero el error de un portero es gol y medio. En rigor, el guardameta es el único jugador en el terreno de juego que no tiene derecho de equivocarse. No importa la magnitud épica de las paradas que Navas le regale en el futuro al Real Madrid: ya sus gazapos han sido inmortalizados en bronce. Deberá ahora jugar contra su propia imagen, contra su sombra, contra los ocho cíclopes, dragones, endriagos que lo acecharon y sorprendieron de camino a la gloria, en la actual temporada. Ocho errores que, tal las malditas, incoercibles escobas del Aprendiz de Brujo, tienden a proliferar. Cada error viene infestado con la larva del siguiente. Ello es, a menos de que Navas logre romper el ciclo mediante un inmenso gesto volitivo.

Yo creo en él. Creo en sus reservas auríferas de moral, en su capacidad de reverdecimiento, en su aptitud para exorcizar el fantasma del auto-sabotaje. Pero no va a ser una jornada fácil. Como en el caso de todo gran hombre, hay una buena parte del mundo que quiere verlo equivocarse. Los envidiosos, los habitantes de la sórdida Liliput, esos que no yerran, porque ni siquiera se atreven a vivir.

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