Por: Roberto García H. 22 septiembre

Una selección nacional muy particular, compuesta por 68 rescatistas, se dispone a viajar en cualquier momento a la Ciudad de México. Su misión es jugar allá un partido diferente al fútbol. En vez de tacos, balones y banderines, los jóvenes llevan palas, picos, mazos, capas, cascos, linternas y equipaje de campamento. No actuarán en la gramilla, sino entre los escombros de edificios derrumbados o en la oscuridad de los laberintos.

Al arribar al aeropuerto internacional Benito Juárez no habrá flashes en los rostros de los rescatistas; tampoco micrófonos, selfies ni autógrafos. Ni siquiera harán el reconocimiento previo del terreno de juego. Irán directamente a la acción. Además, como lo explicó el bombero William Hernández en la televisión, portan los recursos necesarios para sobrevivir autónomos por 12 días, con tal de no causar molestias, sino todo lo contrario.

En sus carpetas hay táctica y estrategia. Y, si se mira bien, la táctica es casi igual a la del fútbol; es decir, trabajo en equipo, valentía, determinación y entrega; espíritu de solidaridad. Aunque al enviar esta columna a la sala de redacción, versiones periodísticas decían que el viaje de esta representación tricolor de muchachos y muchachas –tan intrépidos como nuestros mundialistas– podría posponerse o suspenderse, para mí, lo esencial sigue intacto.

¿Qué es lo esencial? Nuestro abrazo fraterno a la tierra imantada de México, como la definió Yolanda Oreamuno en uno de sus relatos. Es la nación que desde siempre ha acogido en su regazo a cientos de nuestros compatriotas, muchos de los cuales han brillado allá en la ciencia, en el arte, en las letras, en el fútbol o en las luces del espectáculo. Con la mano en el corazón, cada costarricense tendría que experimentar un sentimiento de gratitud por ese gran país si, por ejemplo, se acerca o visita el Hospital México, que se inauguró en 1969 con el invaluable aporte azteca.

Aquí estamos, México, pendientes de tu bregar incesante. Cuando la tierra se estremece, nuestras almas vibran con el mismo afán. No podía ser de otra manera, querido pueblo hermano. Hoy, como ayer, nos enlazan la historia, la identidad y las lágrimas.

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