Por: Roberto García H. 20 octubre

“Él no era de guardarse resentimientos. Asimiló el golpe y siguió adelante”, expresó José Manuel Chinimba Rojas en el programa radiofónico Malas Compañías , de los periodistas Ignacio Santos y Armando González, –espacio del que soy un seguidor entusiasta–, acerca de la destitución de Marvin Rodríguez, tras clasificar a Costa Rica al Mundial Italia 90.

La chispeante conversación entre Ignacio y Armando con la reconocida figura mexicanista, giró en torno a Rodríguez, el legendario estratega del fútbol centroamericano, a raíz de su sensible fallecimiento, el lunes 16 de octubre.

Resultaron interesantes, e inéditas, las revelaciones de Chinimba sobre Marvin, a quien consideraba un padre. Inclusive, José Manuel explicó que sus hijos veían como abuelo al inolvidable Borreguito, apodo del histórico mediocampista y timonel. “Marvin quiso llevarme al Herediano cuando fue su entrenador en 1979. Igualmente, había deseado que yo integrara aquel Saprissa hexacampeón. Sin embargo, cuando yo llegué al Saprissa, ya Marvin no estaba ahí”, recordó Rojas.

Ambos referentes, uno de los años 50 y el segundo de los 70, forjaron su estirpe en la tradición de barrios y pueblos costarricenses: Una iglesia, una escuela y una plaza, geografía urbana que Chinimba califica como la trilogía ideal del ser humano; es decir, vida espiritual, educación y aire libre. “Marvin dominaba el balón con maestría. Lo bajaba y este quedaba quieto en su empeine, como en una boñiga. Partía de ese principio: el pleno control de la pelota”, relató el exfutbolista.

En el epílogo del programa de Teletica Radio , la tertulia viró hacia el ámbito personal de Chinimba, legítimamente orgulloso de su madre soltera (Zulay Rojas).

“A ella le decían la China y de ahí viene lo de Chinimba”, explicó el hoy educador de personas especiales en la Universidad Estatal a Distancia.

Al final, apagué mi radio, motivado y conmovido por el verbo directo y diáfano de un hombre que proviene de muchos caminos, que ha transitado por donde asustan y que conserva en su alma el valor de la gratitud, tal y como se prodigó al evocar la memoria de su amigo el Borreguito, quien trascendió, con su exitoso caudal, del mundo conocido al ignoto universo del infinito y las estrellas.