Por: Roberto García H. 28 julio

Un amable mensaje de don Arnaldo Ortiz, expresidente del Cartaginés, a raíz de mi última columna relacionada con la necesidad de salvar el estadio Fello Meza, me hizo evocar las decenas de encuentros del equipo papero que me tocó cubrir, en tres décadas que ejercí como cronista de este periódico.

Libreta en mano, alternaba el registro de los partidos con la identidad de sus referentes de gradería. El recuerdo de Frander, ojos de perro azul. La festiva tristeza de Caca e Gato. La pasión de Miloc, un matador con lentes de culo de botella que aún sacude el alma colectiva, al tenor del olé y olé de su muletilla. O el ¡vive, vive! que retumba, in crescendo , en el entorno de las líneas blancas.

Mire usted, una cosa llevó a la otra. Resulta que se me ocurrió analizar cuál podría ser, desde mi imaginación, el mejor cuadro del Cartaginés a través del tiempo. De modo que los nombres que citaré en mi alineación ideal, obedece a que los vi actuar en las distintas épocas en las que fueron protagonistas. Y llenaron mi vista de puro y bello fútbol, entre 1962 y 2016, aproximadamente.

Ahí les va: Asdrúbal Meneses en la meta; Enrique Marín, Walter Elizondo, Fernando Jiménez y Fernando Montero en la línea defensiva; Ricardo Carreño, Augusto Palacios y Enrique Pelirrojo Córdoba en la media. Y adelante, Wally Vans, Claudio Ciccia y, por supuesto, Leonel Hernández, el más grande. Y como sería imposible incluir a tantos y tan buenos jugadores, me permito añadir a Edwin Sarapiquí Salazar, Héctor Marchena, Miguel Calvo, Róger Policía Gómez, Hernán Morales y Randall Chiqui Brenes.

Sé de quienes opinan que el fútbol es presente. Sin embargo, para mí, también es evocación, culto y leyenda. Por lo menos, desde mi estirpe de caminante de la nostalgia. Cada vez que me da por desempolvar mis crónicas amarillas, las leo y releo con fruición, entre el atardecer y la oscuridad. Y al sentir en la intimidad que, como escribió Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, alguna lágrima furtiva me desenfoca la mirada y humedece el relieve de esos viejos papeles, mis tesoros del tiempo.

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