Por: Amado Hidalgo 21 febrero

La traída de Carlos Batres como asesor del arbitraje nacional puede no gustarles a muchos, sobre todo a los exárbitros locales.

¿Qué tiene el chapín que no tengamos nosotros?, dirán con cara de pocos amigos, mientras recuerdan algunos de sus yerros en contra de la Selección Nacional.

Lo cierto es que el señor Batres fue la envidia del referato tico durante dos décadas. Pitaba en todo lado, incluidos dos mundiales mayores, una final de clubes entre Barcelona e Internacional, y hasta vino a dirigir un último partido de campeonato en suelo tico. Nos salía hasta en la sopa en los duelos de la Selección.

Argolla o no de la FIFA, el hombre se hizo de cartel. Y hoy viene a salvar al arbitraje costarricense.

Su nombramiento es la aceptación de que no hay remedio en casa y que hace falta alguien que no esté en medio de esa guerra verbal que tienen los equipos con los árbitros, ni de esa guerrilla carroñera que se han declarado entre sí los hombres de negro.

Porque escuchando el otro día a Rándall Poveda en Oro y Grana , entiende uno por qué está mal el referato. Entre otras cosas, se agarraron del moño desde hace dos torneos, con aquella huelga a inicio del campeonato y, desde entonces, las heridas están abiertas. Quienes abandonaron la lucha, o no se unieron a ella, viven en el paredón del resentimiento colectivo.

Y, por si fuera poco, los veteranos no ven con buenos ojos a los novatos y, en lugar de hacerles fácil la tarea, les atraviesan el ruco. Eso, sumado a la falta de capacitación adecuada y a la balacera que cada jornada protagonizan los analistas, Jafet, Medford, Jeaustin y cuatro millones más de disconformes, nos revela los porqués de esa crisis arbitral.

Si el gremio no es capaz de manejar las presiones e intrigas propias, menos podrá hacerle frente a ese monstruo de mil cabezas que a veces tiene cara de estadio lleno, otras de señal en vivo, de entrenador iracundo detrás de la raya, o bien de analista perfecto atrincherado tras el monitor y con 40 repeticiones previas a su linchamiento.

A Carlos Batres le espera una tarea más difícil que el España-Paraguay del 2010, en el que recibió madrazos con zeta y en guaraní.

Porque acá tendrá que hacer de instructor, papá enojado, psicólogo especialista en iras y prepotencias, maestro Zen, pararrayos de técnicos, y escudo frente a los sempiternos disconformes y fanáticos enfermizos. ¡En la que se metió, don Carlos!

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