Por: Jose David Guevara 3 agosto

No porque sea una palabra diminuta, de apenas tres letras, una pequeña sociedad entre dos consonantes y una vocal, una aguda que ni siquiera se puede dividir, algo así como una brizna en las gramillas de un deporte donde juegan términos más extensos: bola, penal, afición, defensa, delantero, silbatero, entrenador, guardalíneas, mediocampista…

El tamaño es lo de menos pues gol tiene la capacidad de crecer. Puede transfomarse, dependiendo del tipo de anotación, en golazo o, según el galillo del locutor, en ¡gooooooooooooooolllllllllllll!

Hay quien le agrega varias úes y grita, con estridencia, ¡¡¡guuuuuuuoooooooooooooolllllllll!!! Sin embargo, este vocablo no está registrado en el diccionario, está fuera de juego; pero bueno, en este deporte está permitido hacer gambetas, jugadas de pared y túneles con el idioma.

La ocasional limitación de esta palabra a la hora de festejar una anotación tampoco tiene que ver con la escueta y sencilla definición que brinda el Diccionario de la Real Academia Española: “entrada del balón en la portería”. No es un asunto de la longitud del significado, pues la eficacia de los términos no depende de la extensión ni grandilocuencia de su explicación.

Además, está demostrado que en el fútbol la grandeza no depende del tamaño; la mejor prueba es un jugador argentino que mide 1,70 metros, lo apodan La Pulga y es la estrella del FC Barcelona: Lionel Messi.

Cuando digo que a veces no basta con gritar ¡gol! me refiero al hecho de que hay goles tan maravillosos, extraordinarios y mágicos que esta palabra de tres letras y cualquier otro vocablo se torna insuficiente para celebrar la belleza y perfección de algunas anotaciones. El arte supera al lenguaje.

¿Quién no se ha quedado sin palabras ante la inspiración, destreza, maestría, talento, coraje, inteligencia, astucia, picardía, elegancia o genialidad de uno o varios futbolistas para conducir el balón hasta ese nido de cordeles tejido en el fondo del marco? A mí me ha sucedido en muchas ocasiones, incluso cuando se ha tratado de goles de equipos rivales a mis favoritos; no se puede ser mezquino ante una anotación que siempre recordaremos.

A veces es mejor festejar con el idioma de la piel de gallina, las lágrimas y el silencio, en especial cuando no basta con gritar ¡gol!

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