Por: Antonio Alfaro 21 mayo, 2016

Era de princesas de largos vestidos, cristalinas zapatillas, hadas madrinas y mágicos carruajes. Era de quinceañeras, delicadas, florecientes, llevadas del brazo al centro del salón, aplaudidas desde los primeros compases de El danubio azul . Era de la bebé recién nacida, de gorrito rosa, pijamita rosa, escarpines rosa y camisetita blanca con Hello Kitty en el centro, jamás heredera de su hermanito, quien será celeste (pa’ que le cueste). Era el color de Barbie, en perfecta combinación del carro con el bolso, cinturón y zapatos de tacón.

“Rosa” era el nombre de la prensa dedicada a noticias del corazón, líos de faldas, enredos de sábanas. Rosa, la insignia triangular que los nazis colocaban en el uniforme de sus prisioneros homosexuales. Rosa, la Pantera, ahora más que nunca mi héroe. ¡Qué coraje! ¡Qué autoconfianza! ¡Qué seguridad en sí mismo! No cualquier misingo se atrevería –mucho menos en 1963– a vestirse con un color socialmente asignado a la Bella Durmiente, las quinceañeras, la Barbie y los homosexuales. Sin complejos. Bien, por la elegante, educada y graciosa pantera, caminando sigilosamente entre los prejuicios al ritmo de Pink Panther Theme (tarán-taarán, taarán...).

Pero, desde 1931 rosa es también la maglia de valientes escaladores, suicidas al descenso y los que sacan fuerzas de flaquezas. Rosa, como el papel de La Gazzetta dello Sport , diario italiano fundador del Giro en 1909, que 22 años después imprimió su color a los líderes.

Rosa, como Amador por un día, en un Giro tomado ahora por los hombres de la alta montaña, aquellos que, cuando el corazón padece, el aire falta y las piernas ya no dan, tienen un algo que les permite atacar. Andrey los sigue a como puede (y hasta más), con titánicos esfuerzos al ascenso, perdiendo distancia pero no el coraje, recuperando terreno en bajadas suicidas, aunque no siempre resulte suficiente.

No vestirá más de rosa, al menos no en este Giro, pero después del lazo contra el cáncer de seno, que ya contagia lucha hasta el último suspiro, la maglia de Amador termina de cambiarnos la paleta de colores. Nunca más, en Costa Rica, el rosa será solo cosa de princesas.

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