Por: Jose David Guevara 16 julio, 2015

De repente deja de hablar, lo cual es significativo porque más que pronunciar palabras, las llueve; sí, es un aguacero torrencial de comentarios, burlas y críticas cada vez que se sienta a observar la transmisión televisiva de un partido de fútbol. Que no solo amaine, sino que cese el invierno de vocablos —incluso que todos los charcos y canoas de vocales y consonantes se evaporen— es el primer síntoma de que el sueño comienza a hacer mella en la resistencia de este aficionado.

Luego, casi de inmediato, inaugura una larga cadena de bostezos, algunos de los cuales concluyen con un resuello, hacen que sus ojos lagrimeen y hasta amenazan con rajarle las comisuras de los labios. Ocasionalmente se anima a llover alguna garúa o llovizna de palabras, en especial cuando algún jugador echa a perder una jugada que tenía todo el sello de gol, pero imposible entender qué dice justo en el instante en que un prolongado bostezo se apodera de su boca. Esos actos involuntarios de inspiración y espiración son tarjetas amarillas que presagian una roja que lo expulse y lo envíe al camerino de Morfeo.

¿Qué sigue? Quitarse los zapatos y quedarse en medias. Primero suelta el nudo del cordón de la zapatilla derecha, extrae el pie y mueve los dedos para librarlos de la modorra producto de haber permanecido a lo largo de todo el día en una prisión de cuero; después hace lo mismo con el pie izquierdo. Dejar en libertad a los pies es uno sus momentos favoritos de cada noche, lo celebra casi como si fuera un portero que detiene un penal en una final de campeonato.

En cuarto lugar, pasa de estar sentado a acomodarse a lo largo del sofá. Le falta poco para acostarse, pero se resiste aún a recrear la posición fetal; eso sí, abriga cintura, piernas y pies con una frazada. Este es siempre el preámbulo para el siguiente paso: empezar a cabecear. Todos sabemos lo que es eso: los párpados se cierran por sí solos (desobedientes como “estrellita” de fútbol que no acata las órdenes del director técnico) y arranca una función de jupazos lanzados al aire.

La contienda se encuentra a veinte minutos de concluir cuando el protagonista de estas líneas empieza a “deleitar” a la familia con un concierto de ronquidos in crescendo. En los últimos días esta escena ha sido recurrente.

Pitazo final de esta historia: el aficionado despierta sobresaltado, descubre que el partido terminó hace media hora y se pregunta ¿en qué momento nuestra selección mayor de fútbol pasó de hacernos soñar a provocarnos este sueño?