Por: Amado Hidalgo 17 junio, 2015

El domingo pasado la televisión nacional reeditó el triunfo contra Uruguay, pero también nos recordó uno a uno los escalones de aquel Mundial inolvidable en Brasil. Como si no conociéramos la historia, festejamos el cumpleaños de nuevo con lágrimas, un nudo en la garganta y un renacer del orgullo palpitando en el corazón.

La piel volvió a ser de gallina con el zurdazo imposible de Campbell, el cabeceo suicida de Duarte y la magistral estocada de Ureña. Nos quedamos otra vez estupefactos esperando que el ojo mágico diera el visto bueno al gol de Ruiz contra Buffon, como si aún tuviésemos dudas, como si se tratara de un sueño maravilloso.

Volvió a levantarnos del asiento la imagen de un Navas que regalaba al Mundo un concierto de atajadones. Nos trasladamos de nuevo a aquellas tardes calurosas, traspirando la emoción de unos juegos llevados al límite, que nos enfrentaron seriamente a la posibilidad de un infarto, pero terminaron siendo el festejo más lindo y apoteósico de todos.

Convertimos el mundo virtual en el reino de los memes ticos: Uruguayos perdidos en la Costa Pobre, Balotelli buscando en el mapa a su desconocida Costa Rica, La Reina inglesa apostando por Italia, los dioses de Olimpo rendidos ante su Caballo de Troya tricolor, La Muerte vestida con camiseta tica.

Una vez más lloramos con la tanda de penales que nos arrancó y nos devolvió un trozo de vida en cuestión de segundos, nos hizo bendecir con el narrador a la madre que parió a Umaña, al abuelo con que creció Bryan, al padre que creyó siempre en Navas, a todos y cada uno de quienes engendraron a esos héroes invencibles que nos inyectaban una sobredosis de alegría.

Un año después todo sigue allí. El sentimiento, el orgullo, el drama, la incredulidad, el llanto y la risa en una orgía incontrolable. Basta una imagen cualquiera de cualquier episodio para que renazcan en galope, nos paralicen de júbilo, nos atraganten de emoción y nos saquen lágrimas tan naturales como aquellas del 2014.

Y será así por siempre. No importan los años que pasen ni los enfados o alegrías que la Sele nos deje en el camino. Cada imagen de esa epopeya será un arcoíris de sensaciones, un festejo para el alma de todos los ticos benditos que dejamos la vida en manos del futbol aquellas cinco tardes gloriosas.