Por: Danilo Jiménez 20 noviembre, 2015

Si Rusia 2018 es una película que se filmará en etapas, la Selección completó 180 minutos de rodaje con luces, una buena dosis de sombras y un puntaje perfecto que empuja a creer.

Tener 53 años concede algunas ventajas, como haber visto equipos modélicos tipo Brasil 70, Holanda 74, Argentina 78 o España 2010, que forjaron un paladar futbolero exigente.

Uno se hace adicto a lo bueno y corre el riesgo de dejarse envolver por la obsesión de que todo aquello que nos resulte afín como la Sele se maneje al mismo nivel o, de lo contrario, nos desencante.

No sé a ustedes, pero a mí la Selección aún no me llena, aunque pasajes de buen nivel como los primeros 15 minutos ante Haití, el arranque en Panamá o los chispazos que precedieron al 2-0 el martes, auguren un futuro mejor.

Debería ser menos perfeccionista y asumir que si jugar bien a ratos nos tiene a la cabeza del grupo B, con la mejoría y regularidad que necesariamente vendrán a medida que el equipo tenga rodaje alcanzaremos el rendimiento ideal que satisfaga a todos.

No me gusta que la llama del buen juego, la fluidez de los circuitos, la posesión clara y la descarga inteligente de pelota para herir al rival tengan los minutos contados, para dar paso al sufrimiento.

Haití es muy poco para terminar pidiendo la hora o atribuirle a Pemberton la paternidad de la victoria con ese paradón sobre su derecha que se estrelló en el poste cuando todos temimos el gol.

También me desesperó el pasabola somnoliento en el Rommel Fernández, orquestado para dinamitar el reloj y desesperar al rival, en busca de un boquete cuando Azofeifa la descargaba de derecha para que Matarrita se animara y cabalgara en busca de algo.

Entiendo que pesó la cancha, convertida en una cama de agua que impedía el rodaje correcto del balón a un equipo cuya técnica lo tiene predestinado a mandar en el partido a punta de toque y circulación. Confieso que mi deseo de mejoría no es enfermizo y por eso le abre espacio al inventario de cosas buenas. Por ejemplo, encontrar respuestas en hombres y roles para sobreponerse a la adversidad de las lesiones y redondear producciones de muy buen nivel en figuras como Pemberton, Waston, Matarrita, Azofeifa y Granados.

Otro pilar es el carácter del equipo para sacar partidos bravos como el juego ante Panamá, un rival que quiere desplazar a Honduras en el papel de enemigo natural en la región y, entonces, nos mira a los ojos para reivindicar su deseo de torcer la paternidad tica en eliminatorias, acortar brecha y dar origen a un nuevo clásico centroamericano.

Sin resignar convicciones, me deja conforme el presente aunque el equipo todavía no enamora. Qué carajo: queda mucho rodaje de película todavía y, la verdad, equipos como Honduras reventarían fuegos artificiales por la mitad de nuestra marca perfecta de seis puntos en dos juegos.

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