Por: Jose David Guevara 18 junio, 2015

Lo primero era salir de casa, una vieja edificación de adobe reforzado con piso de madera y ubicada frente a una calle de lastre en las inmediaciones del Cine Chassoul, caminar hasta la esquina donde se encontraba una capilla también anciana, de la que se decía salían dos sonidos misteriosos cuando no había nadie en su interior: el de un piano y el de un pollo.

Después pasaba frente a la pulpería de doña Carmen, un rincón mágico lleno de frascos con confites de limón, mora, mantequilla y menta, así como de chiclosos, ricocos, turrones, marcianitos, tapitas, milanes, nacionales, melcochas, sorpresas rellenas de gofio y besitos. Ahí mis padres compraban con libreta; es decir, hacían un pedido de mercancías y todo -productos y precios- era anotado en un pequeño cuaderno al que se le tachaba lo escrito en cuanto se pagaba la cuenta. ¡El cuentón que pagaron mis padres el día en que los carajillos descubrimos ese sistema de compra! La fiesta se acabó de inmediato...

En esa ruta estaba también la casa de Dennis, uno de los integrantes de la barra de amigos del barrio. La abuela de Dennis siempre estaba barriendo el solar de tierra con un escobón elaborado con ramas de quién sabe cuál planta, luego amontonaba la hojarasca y la basura y les prendía fuego; recuerdo el aroma de aquellas fogatas y cómo la nube de humo me enchilaba los ojos.

Al frente, una zapatería olorosa a cemento, betún y cuero. Allí llevábamos las gallinas que mi abuela Inés nos daba con el encargo de que alguno de los zapateros hiciera el favor de matarlas para cocinar sopa, arroz con pollo o gallina sudada con papas. La escena era cruel; me la salto para no entrar en detalles que los habitantes del San Ramón de los años 60 bien podrán evocar.

Al final de la cuadra, la casa del lechero. La visitábamos cada mañana con una lechera de aluminio que retornaba al hogar llena de un líquido blanco, tibio y espumoso que tomábamos solo o con Nestum, Kellogg's, avena, cacao, agua dulce o café.

Y, ¡por fin!, la plaza, el primer campo de zacate donde mis hermanos y yo jugamos fútbol bajo la guía y estímulo de nuestro tata. Estaba ubicada cerca de la Iglesia El Tremedal. Hoy día ya no existe, pero siempre la recuerdo como se recuerdan las primeras veces...

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