Por: Amado Hidalgo 6 mayo, 2015

¿Puede la Liga ganarle la semifinal al mejor equipo del campeonato, líder indiscutido y bicampeón nacional? Y por si fuera poco. ¿ A un cuadro que no solo comanda las estadísticas positivas (goleador, menos anotaciones recibidas y más realizadas), sino que también tiene la ventaja deportiva?

Si alguien puede cortar su vuelo hacia el tricampeonato es esa Liga que viajó todo el año en un subibaja desesperante para su fanaticada y que puso en peligro su paso a la semifinal.

En ese viaje por 22 fechas tuvo un ojo y medio en el torneo de la Concachampions, una obsesión que la dejó herida al tropezar en su última escala a la final. Pero en el lecho de muerte concacafkiana, cuando se despedía del sueño, dio aviso de un poderío suficiente para aspirar al título casero.

Jeaustin Campos lo sabe. De allí su rabieta del domingo pasado ante una derrota que ni sumaba ni restaba en la estadística morada. Por eso su enojo contra el cuarteto arbitral. No solo quería evitar que Herediano se pusiera de pie, sino que también esperaba que ese mismo “Team”, tambaleante y sin alma, fuera su contendor de semifinal.

Ahora el clásico resulta inevitable. Saprissa es favorito y si pasa este peaje, como debería, va directo al tricampeonato. Pero la piedra más grande está allí, a medio camino, desafiante, peligrosamente retadora. Alajuelense no olvida la historia , la del torneo anterior, arrebatado por un Saprissa que se parecía mucho a la Liga de hoy, dubitativo a lo largo del calendario, pero que llegó a su mejor punto en los cuatro últimos juegos.

Los morados han sido monstruosamente superiores a todos y la justicia debería repararles la corona. Pero por experiencia saben que esa bonanza puede no servir de nada si no mantienen su volumen de juego y, sobre todo, el control emotivo de una serie donde los detalles son decisivos.

Alajuelense va contra los números pero es un rival herido. Si repite la noche del Morera Soto frente al Impact, o el recital que entonó contra Herediano, es capaz de devolverle la última bofetada saprissista. Es el clásico y, como tal, tiene el atractivo de que cuando los dos salgan a la cancha, saldrá con ellos la historia, la grandeza, el encono y la rivalidad añejada por los años de los años. Y todo puede pasar.

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