Por: Amado Hidalgo 24 junio, 2015

Marcelo Enrique Ramírez Fleitas tal vez nunca sea una estrella de su Paraguay natal, pero siempre llevará consigo el recuerdo del futbolista colegial que salió del país por primera vez para venir al nuestro, persiguiendo una bola de fútbol.

No lo hizo por dinero, más bien pagó. Los periodistas no lo esperaron en el aeropuerto, no hubo cámaras, no usó zapatos personalizados, no se tuvo que tapar la boca para hablar con sus compañeros y no dio autógrafos.

Quince días después se fue por donde vino, con dos goles hechos y el título de sub-campeón. Solo sus papás trasnocharon en el aeropuerto. Acá dejó la huella de un niño grande, de 1,84 metros con 16 años, que visitó la playa por tercera vez en su vida –en su país no hay mar– y que como cualquier chico de este continente futbolero, se dejó el alma en cada juego.

Es posible que el Mundial de su vida lo haya protagonizado en el Colegio Sek Costa Rica, contra las selecciones de Chile, Ecuador, México, Inglaterra, Santo Domingo, Guatemala, España y la tica, que salió campeona en fútbol del inter Sek. No ganó una copa en oro, ni una Orejona, no hubo premios en dinero, solo una medalla en el pecho y el afecto imborrable de sus compañeros y amigos que protagonizaron con él una experiencia de vida inigualable.

En un mundo de fútbol convulso por la corrupción, los arrestos, las apuestas fraudulentas, los salarios inmoralmente millonarios y la violencia, la historia de Marcelo y de ese montón de jóvenes que se visten de futbolistas por el simple placer de jugar y divertirse, reivindican un deporte cuya esencia de pies descalzos y manos limpias nadie podrá manchar.

Porque al mismo tiempo que él se ponía sus tacos para perseguir la pelota en la cancha colegial, miles de niños y niñas, muchos sin zapatos, correteaban en su país sin mar, en las playas brasileñas, en las calles de cualquier ciudad pobre, en procura del encuentro fugaz con ese balón que convoca a la solidaridad, al esfuerzo, a la lucha y al festejo. Ojalá Marcelo Ramírez alguna vez sea la portada de una revista deportiva. Pero sino, estoy seguro que en su mente y corazón siempre estarán aquellos días en que vivió su pequeño mundial y de los muchos amigos que como mi hijo, Alejandro, gracias al fútbol serán por siempre sus hermanos.

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