Por: Antonio Alfaro 26 julio, 2015

Otra vez nos tocó bailar con la más fea, según cuentan por ahí. Diría más bien que está guapa, mulata, proporcionada, de esas que tienen “tumbao” cuando caminan de “la‘o”.

Diría que no s tocó la reina del baile: Panamá, posiblemente Jamaica y Haití, como rivales en la eliminatoria mundialista. Cuando se tiene tanta “suerte”, el problema no es la dama, sino el bailarín. El lío es no saber bailar, perder el ritmo, majarla y enredarse en las vueltas. Entonces habría caído bien la más fea, la de piernas flacas y torcidas.

Un equipo que hace un año salió ovacionada ante Inglaterra, Italia y Uruguay, no debería asustarse ahora con los rivales del área. El problema no es el grupo, claro está: esta Sele no es aquella; ni lo será. Aquella fue una suma de factores irrepetibles en este momento y quién sabe por cuánto tiempo más. Quizás no la veremos más, me temo.

Cuando la suerte fue de perros en aquel Grupo de la Muerte, todo jugó a favor: un gran estratega, su momento de madurez táctica, los legionarios, su buen ritmo, el papel de Cenicienta que tanto nos gusta y hasta los conflictos internos con el timonel, su efecto de unión en los jugadores.

Entonces bailar con Panamá, Jamaica y Haití habría sido como un vals de quinceaños (en aquellos tiempos de quinceaños).

Bailar con la más guapa nos pone hoy las manos frías y la frente sudorosa. Ni siquiera sirve quejarse del sorteo. Tampoco alcanza con echar mano a la ofensa nacional –como la otra vez– cuando la nevada nos puso a cobrar facturas a diestra y siniestra, a justos y pecadores (empezando por la misma Jamaica, que para entonces era otra Jamaica).

Podríamos hoy aferrarnos al filibustero hecho penal, la nevada hecha penal, el maltrato hecho penal. Podríamos recordar la eliminación ante México en Copa Oro como una factura pendiente, de no ser porque Panamá (¡qué suerte la nuestra!) cayó en el mismo grupo. Si el pitado contra Costa Rica fue un penal de perros, los pitados contra Panamá alcanzan para una jauría.

Dudo mucho que esta vez haya una salvadora nevada en Jamaica o en Haití (por más que Concacaf sea capaz de superarse).

Para qué darle tanta vuelta: nos tocó bailar con la más guapa. Panamá no está en la final de Copa Oro, gracias a la Concacaf; Jamaica llegó a la final, pese a la Concacaf; Haití se mostró como un rival digno.

Queda entonces aferrarse a esa extraña virtud tica de ofrecer su mejor versión cuanto más fuerte es el reto. Bailar con la más guapa es la mejor oportunidad.

¡Qué suerte tenemos los feos!

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