De niña, su padre no le permitía jugar fútbol porque “no era un deporte para mujeres”. Sin embargo, los banquillos de primera división abrirán un espacio en este torneo para Jimena Rojas, la nueva asistente técnica de la UCR

Por: Gloriana Corrales 21 junio, 2015

“¡Alto! ¡Dije ‘pique tres’!”, exclamó Jimena Rojas ante el desborde de fiebre y adrenalina del Club de Fútbol de la UCR. La nueva asistente técnica había pateado la bola al aire y, sin que rebotara ni una sola vez sobre la gramilla, el ímpetu del primer entrenamiento del equipo en el Estadio Ecológico corrió a rematar a marco.

El balón se detuvo en seco ante la nada titubeante llamada de atención de Rojas. Los gestos quedaron congelados. Jimena volvió a darle un enérgico puntazo a la bola y esta vez picó una, dos, tres veces...

La nueva integrante del equipo tiene agallas y sabe hacerse sentir entre las dos decenas de jugadores del Alma Máter, sin importar si es hombre o es mujer o si su incorporación al equipo masculino de Primera División sorprendió a más de uno.

Quizá, sin pensarlo, seguía los consejos con los que su papá, Rodolfo Rojas, la había blindado antes de enfrentarse por primera vez al reto de dirigir un grupo masculino: “Yo le dije que, desde el principio, respeto, y que no dejara que la majaran por ser mujer e ir a tratar con jugadores que ya tienen espuela”.

Jimena Rojas se visualiza durante un par de temporadas con el equipo de la UCR. Su sueño es dirigir selecciones femeninas. | FOTO: GRACIELA SOLÍS
Jimena Rojas se visualiza durante un par de temporadas con el equipo de la UCR. Su sueño es dirigir selecciones femeninas. | FOTO: GRACIELA SOLÍS

El miércoles, minutos antes de las 8 de la mañana, Jimena estaba lista para emprender el que, dice, es el mayor reto que ha tenido hasta ahora en su carrera deportiva. En medio de la niebla que recubría San Francisco de Coronado, se divisaba la figura de la muchacha que volteó los ojos de la prensa nacional hacia el club celeste.

Llevaba el pelo recogido, una pantaloneta corta que resaltaba sus torneadas piernas de exfutbolista, y justo sobre el corazón, el escudo del equipo que la vio nacer, estampado en una blusa de las que se habían confeccionado para venderlas a la afición, pues, de seguro, en la temporada pasada nadie hubiera previsto que no solo se necesitarían camisas para surtir al cuerpo técnico.

A Rojas le gusta la puntualidad, pero mantiene la calma entre los atajos que toma en el camino a Sabanilla de Montes de Oca, mientras repasa un extensísimo currículum que también la ha llevado a jugar con los equipos de Saprissa, Alajuelense y Arenal de Coronado (cuadro al que además dirigió), a trabajar con el Comité Olímpico y a recibir becas en Barcelona y en Alemania, donde obtuvo su licencia A de entrenadora.

Para la mañana del miércoles, ya había realizado el primer entrenamiento con el grupo en una cancha privada y, dentro de unos minutos, por fin volvería a clavar sus tacos en el césped de la Universidad.

Aunque el capitán José Gabriel Vargas no puede parar de mencionar la palabra “disciplina” cuando se refiere a la asistente técnica, lo cierto es que Jimena llegó a las canchas más bien a punta de desobediencia.

Don Rodolfo no permitía a ninguna de sus tres hijas jugar fútbol, bajo el argumento de que este era un deporte para hombres. Sin embargo, Jimena, su gemela Evelyn y Melissa (un año menor) crecieron en los estadios debido a la gran afición de su padre por el Uruguay de Coronado. Entre su álbum de fotos, conservan un imagen de ellas, con 4 y 3 años de edad, pegadas a la malla del estadio Pipilo Umaña, en Moravia.

“Ellas eran muy chirotas , de estar siempre afuera. Las bolas nunca faltaban. Yo veía por la ventana de la cocina que estaban pateando y no le veía nada malo, pero apenas venía el papá, cambiaban y hacían que estaban en otra cosa”, recuerda su mamá, Margot Cordero.

Cuando Jimena y Evelyn tenían 18 años, un familiar –Gerardo Piche Rodríguez, exjugador del Uruguay– le sopló a don Rodolfo que sus hijas se escapaban a jugar bola y le pidió permiso para incluilas en las visorías de la Sub-19. A regañadientes, el padre terminó aceptando.

“Anteriormente, el fútbol no se veía como muy femenino, que siempre eran así, vulgarmente, como machorras. Por eso, uno evitaba un poquito, uno siempre tenía ese recelito. Y al mismo tiempo, por el choque y el roce”, admite don Rodolfo.

Jimena, quien dejó la carrera de Zootecnia cuando estaba a punto de graduarse para seguir su sueño de estudiar Educación Física, luego portaba el número 15 en la camiseta de la UCR, como volante de contención. Omar Royero, hoy entrenador del club universitario, también usaba ese número, pero en la escuadra masculina.

“Espero verla dirigiendo un partido, ojalá muy pronto, para que ella se sienta  en su espacio natural. Es que ella es entrenadora”, dice el presidente de la UCR, Luis Gamboa.

Mientras Rojas estudiaba en el Centro de Alto Rendimiento de Barcelona, en España, él la contactó y le dijo que quería incorporarla a las ligas menores y de alto rendimiento de la UCR, pero una reestructuración se trajo abajo los planes.

A finales del mes pasado, cuando la Junta Directiva negoció con Royero su contrato como el nuevo director técnico, la propuesta del colombiano para ocupar el banquillo de asistente técnico causó sorpresa. “(Mostraron) admiración, desde luego. Se me quedaban mirando... Yo con esto no he querido llamar la atención, para nada. Sabía que iba a tener un impacto, pero yo sencillamente estaba buscando a una persona a mi lado que tuviera capacidad para el aspecto físico, la construcción física de un equipo, y también para la parte técnica. Necesitaba esa ayuda”, rememora Royero.

La tarde del jueves 28 de mayo, volvió a llamar a la exvolante –ahora de 31 años–, con una oferta sin precedentes, pero mucho más sólida que la de la primera vez.

“El miércoles, si me hubieras preguntando que si me veía asistiendo un equipo masculino, seguro te hubiera dicho que no; no por un asunto de capacidad, sino por empatía, porque no cualquiera se atreve a llevar a una mujer a un entorno tan masculino”, dice Jimena, con una sonrisa en el rostro.

Rojas se baja del carro mientras explica que a la UCR la une un sentimiento de pertenencia. “Volver acá es como volver a casa”, dice, mientras se echa al hombro su maletín. Después de todo, también ve al equipo como su nueva familia.

En la entrada de los camerinos se topa con el utilero Christian Fernández, y del bolso saca una especie de croquis de los conos que se necesitarán para la práctica, con una caligrafía impecable y cada punto resaltado con colores. Para Rojas, la perspectiva de una mujer puede hacer la diferencia en el fútbol: todo está en los detalles.

Ella considera que el proceso de adaptación tiene mucho más que ver con ser nueva, que con el hecho de ser mujer. En los pasillos, el secretario del equipo, Andrés Vargas, se acerca para darle, “por mientras”, una jacket que era de él. Ese día la necesitaría, pues la lluvia acompañaría a la escuadra durante la mayor parte de la inducción en el Ecológico.

Con su silbato color fucsia y el cronómetro guindando del cuello, el protagonismo, ese día, fue de Rojas. “Para eso la traje”, reconoce Royero, quien apenas intervino en algunos momentos.

El colombiano, en pleno debut como director técnico, se nota tranquilo con Rojas como su mano derecha : “Jimena tiene un temperamento fuerte. (...) Es líder, indiscutiblemente es líder”.