Intenso, vigilante de los detalles, inquieto y siempre en el límite que divide su área técnica del campo, así vivió el técnico el juego de ida de la semifinales en el Morera Soto. La Nación le dio un seguimiento al entrenador durante todo el partido

Por: José Pablo Alfaro Rojas 11 mayo, 2015
Jeaustin Campos le pide a Jordan Smith Smith que cuide su espalda, ya que los manudos están penetrando por su costado.
Jeaustin Campos le pide a Jordan Smith Smith que cuide su espalda, ya que los manudos están penetrando por su costado.

Redacción

Hace calor en el estadio Alejandro Morera Soto y Jeaustin Campos viste un elegante saco gris plata, digno de una semifinal, pero no del clima sofocante que lo hace sudar y sostener con su brazo derecho una botella de agua casi permanentemente.

En 90 minutos se tomó cinco botellas de agua y solo en una ocasión escupió un sorbo, como si hubiese digerido un limón agrio en ese instante único, justo cuando Jonathan McDonald mandó la pelota al fondo de la red en apenas 20 minutos.

El líquido salió de la boca del entrenador con la propulsión de una pistola de agua; una reacción natural como tantas otras.

Como cuando le pidió en cinco ocasiones a Jordan Smith que cuidara su espalda, luego de un inicio tranquilo de partido para Saprissa.

El estratega ingresó a su butaca, se acomodó el saco gris plata, se tomó el primer trago de agua y aguardó tranquilo de pie, parado justo en la línea de cal que divide la zona técnica del campo, hasta que notó un desacomodo en la banda derecha que protege Smith.

El manudo Rónald Matarrita penetra por segunda vez consecutiva y Jeaustin le llama la atención a su lateral, quien no se toma muy en serio la indicación... o no la comprende.

Una vez más, la Liga destroza el eje defensivo tibaseño por los costados. El gol no tarda en caer, McDonald aprovecha el descuido y mata... Jeaustin escupe el agua.
De inmediato reacciona, llama a su asistente Marco Herrera y empieza a trazar líneas en la pizarra de vinilo con desesperación; escribe, borra, vuelve a escribir, vuelve a borrar durante tres minutos.

No es para menos, en seis oportunidades se ofuscó porque uno de sus futbolistas descuidó la marca de McDonald, el jugador manudo al que más le presta atención.

De McDonald está pendiente siempre. Le llama la atención a Keylor Soto para que se le pegue como estampilla y no lo suelte. Luego le dice a David Guzmán que lo apriete y no le dé espacios y, por último, manda a su 'perro de traba' Adolfo Machado a que lo frene.

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En la primera mitad Mac anota en dos ocasiones y Jeaustin estaba tan concentrado en reacomodar a su equipo y en lograr la solidez en la zaga que se le olvidó el arbitraje.

Solo en cuatro oportunidades le pidió explicaciones al cuarto silbatero Jeffrey Solís en todo el partido y cuando lo hizo mantuvo la calma, nada de billeteras, ni gestos ofensivos.

Aprovecha una pausa en el juego porque se dañó la red del arco que defiende Danny Carvajal y se reúne con toda su retaguardia.

Le habla a Jordan (de nuevo), a David Guzmán, pero el contención le discute las indicaciones y el entrenador le da la razón. La Liga domina el juego y Saprissa no responde.

Por primera vez, Campos felicita al juez y aplaude su decisión: pitar una falta de McDonald sobre Machado; luego le dice a Keylor Soto que se le pegue al romperredes.

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Luego se produce la expulsión de Keylor Soto y Campos le pregunta insistentemente a Solís qué fue lo que sucedió. No se dio cuenta, sobre todo porque la acción se generó en el otro costado del campo.

Solís le explicó, el técnico se tranquilizó y siguió con su pizarra. Jeaustin escribe, borra, vuelve a escribir, vuelve a borrar durante dos minutos.

Intenso, vigilante de los detalles, inquieto, siempre en el límite que divide su área técnica del campo, así vive Jeaustin el clásico.

Al final, se despide 'cariñosamente' de los manudos. Le lanza un beso a un grupo de aficionados que lo hostigó durante todo el partido, detrás de su banquillo.

Esa fue la constante desde el primer minuto, cuando Jeaustin ingresó a la cancha en medio de la silbatina del liguismo. El seguidor rojinegro silbó más el ingreso del técnico a su butaca, que la entrada a la cancha de los futbolistas.

El técnico no reaccionó, se mantuvo inmune a los gritos, hasta el final. Aquel beso solapado fue su única respuesta.