Por: Jacques Sagot 14 septiembre, 2015

Mi hermano jugaba con él los sábados, en una placilla de Los Sauces. Era un buen muchacho, perspicaz goleador. Pese a su frágil salud, mi hermano se hundía en la vorágine del juego. Era osado, temerario, y para él una tarde de fútbol bien valía una transfusión y los más paroxísticos dolores.

Se me murió a los 36 años. El equipo se transformó en una galería de criaturas obesas, reumáticas, artríticas, calvas y afectas de lumbagos y hemorroides.

Nuestro “goleador” se pavonea ocasionalmente por el barrio. Carros descapotables rojos, pelo rasta, rubias de alto octanaje, y anteojos negros, para sustraerse a ese mundo que lo abruma con autógrafos y selfies. Es uno de los goleadores de nuestra primera división. Ello generó una transformación ontológica: se convirtió en el Übermensch de Nietzsche (pese a su negritud), en el súper-héroe de la tira cómica de su vida, en el magnate, playboy, y James Bond tropical y folclórico, que de vez en cuando regresa a la barriada donde anotó sus primeros goles, para que sus ex-vecinos constatemos su éxito y su aura de proto-hombre.

Pretende no reconocerme. Me lo topo en las filas del banco, y me ignora. Esbozo amagos para estrechar su mano, pero se hacen trizas contra un mirar inexpugnable: “¿Quién es este insecto de arrabal?”. Luego sale chillando neumáticos con su rubia ornamental, sus gafas negras, y las mechas que el viento agita cual orlas de una gloria imperecedera.

¡Y pensar que jugaba en el patio de mi casa! ¡Se quedaba a comer y a dormir con nosotros! ¡Peloteaba con mi hermano –cuya muerte finge ignorar–! Es víctima del síndrome de la “importantización”. Un poquillo de éxito mal digerido, y se ha “importantizado”. Desde las luces cenitales de su gloriosa pasarela, nosotros le recordamos su desdoroso pasado pre-farandulero. El aguardiente de un éxito relativo lo intoxicó. Siento pena por él. Vivirá su giorno di regno , será el “sabor del mes”… luego vendrán el vacío, la obsolescencia, y el regreso a la casilla uno. Mi hermano sentía por él inmenso cariño. Lo hubiera afligido, verlo transformado en esta especie de Austin Powers futbolero. La gloria le ha quemado la retina. Es un ciego que no se sabe tal. Sé que un día triste nos buscará. Y triunfarán la caridad y el afecto.

Etiquetado como: