Por: Jacques Sagot 30 marzo, 2015

Singular relevancia han adquirido, en el cuerpo técnico, los espías informáticos y estadísticos. El fútbol se convierte en un deporte panóptico: gana el que más ve y menos se deja ver. Imbuidos de una concepción “jamesbondiana” del deporte, los técnicos envían agentes para atisbar a sus rivales, mirones que recaban estadísticas: cómo cobran los tiros de esquina, las faltas a balón parado, quiénes cometen las infracciones, cuáles son sus puntos vulnerables, cuáles sus fortalezas.

Los entrenadores no solo programan sus alineaciones y sus planteamientos tácticos: los computan. La estadística y la informática son ahora constitutivas del fútbol.

Estudiar al rival es la mitad del trabajo técnico. Un trabajo de búnker, de laboratorio. Obtener cuanta información sea posible sobre el contrincante, y ocultar todo sobre sí mismo. Un fútbol tecnologizado, transformado en cuadrícula, plano cartesiano, algoritmo.

El equipo atisbado debe convertirse en texto perfectamente legible. Nada en él puede ser críptico o cifrado.

Conocer, descodificar, diseccionar al rival significa controlarlo: es un mecanismo de ejercicio del poder y de sojuzgamiento. Práctica legítima, en una guerra lúdica.

¿Qué nos pasó con el Impact? Que, aterrorizados por el prestigio nominal del América, no estudiamos al campeón canadiense.

Lástima: habríamos advertido que era un equipazo con jugadores argentinos, brasileños, franceses, italianos y españoles, que han sobresalido en las cinco grandes ligas europeas.

No hicimos nuestro trabajo de estudio, y bueno… nos llevamos un “impact” de 2-0.

Obsesionados por el eterno fantasma de Quetzalcóatl, asumimos que los canadienses serían un pic-nic.

Heredia estranguló a la serpiente alada. Ahora, la Liga, abocada al estudio tardío de un rival subestimado, tendrá que “aprenderse” al enemigo en cuestión de días. Como todo en Costa Rica: nos “agarró” ese ente fantasmagórico e indefinible que llamamos “tarde”. La historia de siempre. ¡Ojalá que a ese “tarde” no haya que añadirle el adverbio fatal: “demasiado”!

Soy morado, pero execro el talibanismo saprissista.

Para la revancha contra el Impact, estaré en el Morera Soto, con el alma vestida de rojo y negro. ¡Y si me quieren alinear, me tiro al terreno de juego!