Por: Antonio Alfaro 11 julio, 2015

Si las piernas ya no dan, ellos corren con los brazos; si los brazos flaquean, ellos corren con la mente; si la mente titubea, ellos corren con el alma. Ellos simplemente corren.

Están un poco locos, paso a paso en carretera, kilómetro a kilómetro hasta la lejana meta.

Sedientos, cansados, con la boca seca a medio camino agradecen un trago de agua como si fuese el último en la Tierra. Enjuagan su boca, toman un sorbo, se mojan la cara, lavan el sudor en los ojos o refrescan el cuello y siguen. Simplemente, siguen.

Son capaces de profesar gratitud eterna al desconocido que desde la acera regala un ¡vamos! ¡muy bien! acompañado de aplausos. Lamentan tan solo no tener siempre aliento para corresponder al menos con un ¡gracias! salido desde muy adentro.

Ellos, con extrañas y variadas motivaciones, algo dejan atrás, algo alcanzan, algo encuentran; no saben qué, pero siguen, paso a paso, metro a metro. A veces tan solo se encuentran a sí mismos (¡como si fuese poca cosa!) en medio de esa multitud con camiseta anaranjada que también corre a su lado en la misma dirección. Creen estar en la Correcaminos, pero en realidad van por la vida.

Masoquistas, se niegan a rendirse, aunque anden a punto del “ya no más”, aunque la tentación de bajar el ritmo aproveche cualquier oportunidad para aparecer e insistir. Dan gloria a Dios o a la vida, cuando la cuesta cede primero que ellos y de regreso al terreno llano o a un leve descenso, el paso encuentra el reacomodo y la respiración abandona el soplido.

Unos miran constantemente el reloj; otros van a lo que dicta el cuerpo; todos tienen suficiente desafío con no darse por vencidos. Todavía no -se dicen a sí mismos-. ¡Vamos! -expresan al desconocido de al lado que parec e claudicar.

Quedan sin fuerzas para eso que llaman el cierre, los eternos cuatro kilómetros que rodean La Sabana, la vida entera, como si de pronto se alargaran y hasta decidieran inclinarse un poco en leve ascenso donde siempre hubo un plano.

No me hagan caso. También estoy un poco loco, aunque en los últimos 300 metros me haya sentido más cuerdo y vivo que nunca.

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