Por: Antonio Alfaro 17 mayo, 2015

El síndrome del favoritismo suele pegar fuerte en Costa Rica, cuando el verano ya no es verano y el invierno aún no es invierno.

Los síntomas –curiosamente– se reducen a nada para quien manda en las apuestas: no hay dolor –al menos no antes del juego–, ni ansiedad, mucho menos flojera de estómago por la final de campeonato venidera. No siente nada que no sea su favoristismo.

Las inyecciones –curiosamente– se las pone el rival, el dado por perdedor antes de tiempo, el saturado físicamente, el de escaso conjunto por su reciente cambio de técnico, el que tiene por sede un estadio que impresiona a pocos. Se inyecta, en el menor de los casos, una dosis de orgullo herido.

El síndrome del favoritismo es la mayor fortaleza del Herediano y la gran amenaza de la Liga.

Por lo demás, Alajuelense tiene casi todo a su favor: una victoria tras otra en el cierre, la confianza de haber eliminado al líder, la motivación de haber tendido a Saprissa (que no es la misma cosa), el consumado deseo de vencer a Jeaustin Campos (que tampoco es lo mismo), la rotación de sus jugadores a lo largo del torneo, el momento de Jonathan McDonald, los años con el Macho Ramírez...

Herediano, en cambio, carece de jugadores en estado de gracia. Su técnico, un viejo zorro de finales, acaba de desempacar maletas en el equipo. El trajín de su cierre fue de casi un juego cada tres días. Luchó por el primer lugar, tuvo el segundo al alcance y finalmente no le quedó otra que conformarse con el tercero. Llegó a la final con un ajustado y nada asombroso triunfo sobre el Santos de Guápiles. En compensación, no ser favorito en Costa Rica parece una especie de dicha.

Sospecho que el tema va más allá del fútbol, en un país acostumbrado a cantar “cuando alguno pretenda tu gloria, verás a tu pueblo valiente y viril...”

La Sele se lo tomó a pecho en Brasil 2014. Convirtió el Grupo de la Muerte, los pronósticos de Maradona, el “Costa Pobre” de los uruguayos, el augurio de Mourinho y el menosprecio de Balotelli en poderosos incentivos.

No extraña entonces que los equipos nacionales rechacen el título de favorito y se lo pasan uno al otro como jugando a la papa caliente en sus declaraciones. Esta vez no hay quite: la Liga es favorito y Herediano tiene eso a su favor.

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