Por: Jose David Guevara 8 octubre, 2015

Era un gringo alto como el registro de una flauta, robusto como un contrabajo, bondadoso como las notas de un piano, con voz de tuba, confiable como batuta en manos de un excelente director, con una risa que recordaba la música de fanfarria y aplaudía los goles con la alegría de los platillos.

Se llamaba Russell Arnette Herrington, nació el 14 de agosto de 1943 en Union, Misisipi, tenía —entre otros títulos académicos— una maestría en música del Southwestern Theological Seminary en Fort Worth, Texas, y llegó a Costa Rica en diciembre de 1973 en compañía de su esposa Annette Horton y sus hijos Robin y Roman, donde trabajó como misionero bautista hasta junio de 1989.

Antes de llegar aquí sabía muy poco de fútbol, pero aquí se entusiasmó con este deporte y se convirtió en aficionado de Saprissa gracias a la influencia del pastor David Guevara Arguedas —padre del autor de esta columna—.

Recuerdo la primera vez que don Russell asistió a un estadio tico: el Ricardo Saprissa, con motivo de un clásico durante el torneo de 1974. Esa vez nos sentamos en lo alto de la gradería este.

Apenas se jugaban los primeros minutos cuando los fanáticos saprissistas corearon al unísono un insulto dedicado al árbitro y su madre. De inmediato, el hijo del pastor Raymond Arnette Herrington y Myrtle McNair le preguntó a mi tata: “¿Qué están cantando?”. La respuesta: “No sé, no entiendo”.

Minutos después la misma historia, solo que esta vez el blanco del canto ofensivo fueron un jugador de la Liga y su progenitora. Una vez más aquel hombre que vivía entre notas y partituras interrogó: “David, no entiendo, ¿qué es lo que cantan?” Nuevamente una evasiva: “No entiendo, hay mucho ruido”.

La escena se repitió en el segundo tiempo: la misma duda, la misma respuesta, solo que en esta ocasión don Russell no mordió el anzuelo. “¡Si no me explica qué dicen, voy a cantar lo mismo!”. A mi papá no le quedó más opción que decirle la verdad a aquel músico acostumbrado a escuchar canciones más inspiradoras y edificantes.

El pasado 15 de junio don Russell dejó de caminar sobre el pentagrama de la vida. Desde entonces echo de menos a ese gringo que hasta para cantar un gol era afinado.

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