Por: Jacques Sagot 4 septiembre, 2016

¿Pueden los futbolistas educar a sus barras? Sí, pero hace falta para ello el talento, el carisma y la fineza psicológica de Sócrates. ¡Ah, qué personaje este inmenso ser humano, mezcla de crack deportivo, hombre de ciencia, artista, bohemio, trovador, pensador y activista político!

Después de una derrota inopinada de su equipo –el Corinthians–, la torcida amenazante se posicionó frente a la salida de los jugadores y estos tuvieron que permanecer dos horas en estado de sitio. Por fin evacuaron el estadio escoltados por la policía.

En los siguientes partidos, Sócrates se abocó a marcar goles como un poseso. Y lo más desconcertante de todo: se negaba a festejarlos. Permanecía impasible, limitándose a alzar el puño (el signo de la “democracia corinthiana”). La afición, que estallaba extática con sus anotaciones, no comprendía tal actitud. La circunspección, la severidad y auto-control de Sócrates constituían un enigma para todos: ¡eran goles dramáticos, anotados en instancias decisivas, y además espectacularmente ejecutados! ¿Cómo era posible que el astro no los celebrara con su torcida ?

Por fin, Sócrates rompió su silencio: “Hace un mes nos querían linchar porque perdimos un partido, ¡y ahora esperan que yo celebre con ustedes mis goles!… Las cosas no son así. La afición tiene que aprender a ser paciente y tolerante. ¿Ustedes creen que yo me voy a conformar con un amor que depende exclusivamente de cuántos goles marque, y que esté condicionado por mi rendimiento en el terreno? ¡Eso no sería amor, y no lo acepto!” La torcida corinthiana entendió el mensaje. En lo sucesivo fue más comprensiva con las intermitencias del equipo, y Sócrates volvió a festejar con la afición sus goles.

Sócrates reivindicó su derecho al amor incondicional por parte de la torcida . La modeló, la esculpió, le dio forma, la pulió hasta que se sintió satisfecho con ella. Un genio de su calibre puede “soñar” y “crear” a su afición. Tornearla como si de arcilla se tratase. Educarla, en suma. Sócrates habló y fue escuchado. Transformó la Hidra de las mil cabezas en una compañera equipotencial, solidaria y cooperativa. Un inmensurable triunfo humano. ¿Quién podría hacer otro tanto, hoy en día? Oigo nombres.

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