Por: Roberto García H. 7 febrero, 2015

Escribí crónicas de fútbol por 29 años en la sección deportiva de La Nación, toda una época de aprendizaje en el desafío de plasmar en palabras la dimensión de un deporte que destila sudor y emociones; táctica y estrategia, en pasajes trepidantes de 90 minutos o más.

Experimentaba ante la máquina de escribir la ilusión de contarle al lector (a) cómo había transcurrido un juego. Primero consignaba alineaciones, minutos de los goles, cambios y otros detalles básicos. Además, procuraba enfocar aspectos que quizás el espectador no había notado en el estadio o por la televisión, que comenzaba a transmitir en directo el fútbol de la Primera División, allá por el año 1985.

Mis imágenes partían del título. No empezaba a escribir si no tenía, por lo menos, una idea general, pues de este dependía la narrativa de la crónica. Y sin pecar de falsa modestia, muchas veces acertaba con estos. Sin embargo, el título que publiqué el lunes 14 de diciembre de 1992, me sacó las canas. Fue a raíz del último partido eliminatorio rumbo al Mundial Estados Unidos 94, entre Costa Rica y la isla de San Vicente.

La Tricolor había goleado 5 a 0 y bailado, literalmente, a los caribeños, en un duelo que ya no decidía nada, pues ambos países estaban eliminados. “Como juega el gato maula…” titulé entonces, convencido de que tal expresión del tango Mano a Mano, reflejaba lo que había sucedido sobre la gramilla.

Cuando la crónica pasó a corrección de estilo, se armó la de San Quintín. “Usted quiere decir que el gato maúlla, ¿verdad?”, inquirió el corrector. “No, no”, respondí. El gato maula es un felino astuto que juega con el pobre ratoncito”, así lo canta Carlos Gardel. ¿No ha escuchado ese tango? “Pues, no”, respondió, lacónicamente, el filólogo.

“Los morlacos del otario los tirás a la marchanta, como juega el gato maula con el mísero ratón”, reza el tango de Celedonio Esteban Flores que inmortalizó Gardel, en referencia a la mujer que se burla del amor de un hombre.

Lo cierto es que el título se publicó así y las llamadas a la sala de redacción llovieron como baldazo en invierno. ¡Casi nadie lo había comprendido! Entonces recibí el respetuoso llamado de mis jefes para que, en adelante, fuera más claro, ¡y futbolístico!, con mis títulos.

Gajes del oficio, ¿verdad?

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