Por: Roberto García H. 25 julio, 2015

Hay imágenes del fútbol que motivan y emocionan. Por lo general se dan en la cancha, en acciones trepidantes del juego. Pero también hay otras, ejemplarizantes, que retratan de cuerpo entero a los seres humanos que derrochan casta, dignidad y decencia en situaciones límite.

No había que saber leer los labios para entender lo que Román Torres, el intrépido capitán de la Selección de Panamá, le insistía a Hernán Darío Bolillo Gómez, estratega de los canaleros, cuando le suplicaba y hasta le exigía que se retiraran del campo, en los dramáticos minutos previos al lanzamiento del primero de los dos penales de la vergüenza, en la noche triste del George Dome, el miércoles pasado, cuando México se clasificó a la final de la Copa Oro, tras “vencer” a Panamá por 2 a 1.

El estratega tragaba grueso. El primer plano de la televisión evidenciaba que Bolillo hacía lo imposible para no explotar y aceptar lo que le pedía el jugador, a sabiendas de que a Torres y a sus compañeros les hervía la sangre, además de que, por supuesto, compartía su indignación.

Sin embargo, pese al trance emocional por el que atravesaba, el colombiano Gómez le ordenó a sus hombres continuar en la cancha. Sabía que de haber abandonado el terreno, hubiera expuesto al fútbol panameño a una fuerte sanción, con probables repercusiones de cara a la eliminatoria mundialista, rumbo a Rusia 2018.

Después, en la conferencia de prensa, el estratega de Panamá ratificó su jerarquía. Con su voz desde el fondo del alma --tanto que, por instantes, parecía quebrarse--, Gómez liberó a los jugadores y cuerpo técnico aztecas de la responsabilidad por el robo a mano armada que habían sufrido los suyos, despojados, a dos minutos del último pitazo, del meritorio pase a la final que hasta entonces gestaban (con un jugador menos).

Finalmente, el capitán acató la orden del timonel. Los panameños volvieron a la cancha, continuaron en el partido y el epílogo los sorprendió peleando con ardor cada gajo de la pelota. ¡Bravo, Panamá!

Hay imágenes del fútbol que se vuelven ejemplarizantes, porque revelan la dignidad de quienes saben responder a la altura de las circunstancias, sin importar cuán oscuras y hostiles estas se puedan presentar.