Por: Jacques Sagot 8 mayo, 2016

Dicen que, en materia deportiva, el que se enoja pierde.

Hay personas que pretenden nunca enojarse. Yo no puedo –y tampoco quiero– jactarme de este atributo –si en efecto es tal–.

Por supuesto que me enojo. ¿Le dará esta confesión material a los burlistas y choteadores? Eso no importa. Debo ser honesto. No será para evitar unos cuantos memes o madrazos (en el mejor de los casos: con frecuencia son ininteligibles pachucadas) que voy a ocultar mi manera de vivir el fútbol.

Sí: sufro, me “pico” y me enojo. Cuando mi equipo es vapuleado oprobiosamente, mi ira se desplaza del verdugo a la víctima.

Dejándose masacrar por la Liga con semejante pompa y circunstancia, Saprissa me faltó al respeto.

¿Qué le he hecho yo a mi equipo para merecer este trato?

Proclamo mi saprissismo urbi et orbi y me compro los más evitables pleitos por sostener que el mundo es morado, y por toda recompensa me encuentro en el pozo de los leones, humillado, a merced de mis vejadores.

Por poco, es traición calificada. Y lo que adviene es peor que enojo: resentimiento.

Estoy resentido con Saprissa, sí. Profundamente. El equipo me defraudó, me falló, me “vendió”.

El resentimiento es un feo humor: genera bilis, emponzoña la sangre, ofusca el entendimiento. Es ira impotente girando en el circuito cerrado de nuestra psique.

Saprissa me dejó inerme, desnudo, expuesto a la mofa universal.

Sí, peor que molesto, estoy genuinamente resentido. No se redimirá –no me redimirá– ganando el próximo campeonato. Tendrá que alzarse con tres títulos consecutivos, para borrar el 5-1 que le atragantó la Liga.

“Hay derrotas más dignas que la victoria” –dice Borges–. Pero este no fue el caso. No cayeron 11 guerreros, sino una manga de cobardes e irresponsables. Muchos tatuajitos, mechitas, escandalitos de tabloide, corronguísimos cortecitos de pelo… y no suficiente preparación y estudio del rival.

Hay textos que se escriben con bilis, jugo pancreático, excremento –tal los presidiarios en las paredes de sus calabozos–. Este es uno de ellos.

Me niego a adquirir la facultad de “no enojarme” ante reveses de este jaez. Me gusta indignarme: me siento vivo, palpitante, lleno de savia y ácido corrosivo.

“S”: la inicial de “sonrojo”, “sinsabor”… y “sin cojones”.

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