Por: Danilo Jiménez 29 mayo, 2015

El tema hierve y hay que entrarle. Es de esos que los periodistas diseccionamos con cuidado por sus implicaciones y la presunción de inocencia que cobija a todo sospechoso.

Eduardo Li era para la gente del fútbol “El chino”, un tipo circunspecto y con las palabras contadas pese a ser la cabeza del Comité Ejecutivo de la Fedefútbol.

Capeó vendavales con un ejercicio diplomático que ahora le vendría bien cuando la justicia estadounidense, con documentos del FBI en mano, le pida explicaciones. Si los dirigentes buscaban un modelo para hacer carrera, él pudo servirles: exitoso en un club pequeño, padrino de la hora más gloriosa de la Selección y dueño de un sillón en FIFA.

Su detención este martes en Suiza, en el marco de un operativo anticorrupción, nos devolvió casi un año después del Mundial 2014 a las tapas de la prensa planetaria sin nada que celebrar.

La sensación es que algo cambió para siempre. Li no es una isla, el nombre del país va ligado y, se quiera o no, termina salpicado el equipo que nos apasiona: la Sele .

Las prioridades mandan. Había planeado escribir acerca de la mezquindad de algunos con el merecido título del Herediano o del empecinamiento de Chope en marginar a Pemberton sin razón.Pero hay que ocuparse de un tema que, en esencia, tiene que ver con los valores de otra persona y es difícil porque solo él conocerá las verdaderas motivaciones de su proceder.

Ojalá que capitalice esa oportunidad que le brindará la justicia para redimirse, por lo que representa el fútbol para la gente de nuestro país. Pero las señales inquietan…

La Fedefútbol no titubeó. Con el volcán en erupción –la imagen es del vicepresidente Jorge Hidalgo–, los federativos se desmarcaron de su presidente, personalizaron el caso y van para adelante. Sorprendió que esta vez no se diera plazo a que se “despejaran los nublados” y se dejó claro muy rápido que la defensa del caso deberá costeársela el propio Li. Quizá pasar la página rápido sea lo mejor, aunque esto apenas comienza y correrán ríos de tinta y hervirá la pantalla de la televisión antes de que se conozca la suerte definitiva del dirigente.

El chino está en su laberinto. Su conciencia puede ser su salvación o su verdugo. Del alcance de sus acciones dependerá mirar la vida en libertad o a través de barrotes.