El empate 1-1 a condenó al equipo de Puntarenas a navegar en la Liga de Ascenso

Por: Juan José Herrera Ch. 24 abril, 2014
Rafael Núñez, uno de los líderes del Puntarenas FC, consuela al portero suplente Jonathan Viales luego de finalizar el encuentro ante los limonenses, anoche en el Lito Pérez. | LUIS NAVARRO
Rafael Núñez, uno de los líderes del Puntarenas FC, consuela al portero suplente Jonathan Viales luego de finalizar el encuentro ante los limonenses, anoche en el Lito Pérez. | LUIS NAVARRO

Puntarenas. Puntarenas FC se despidió de la Primera División en una noche de amargura, perseguido por toda esa deuda de goles y puntos que acumuló durante toda la temporada y que anoche le tocó pagar.

El gol de Diego Díaz antes de que llegara el segundo minuto de juego fue el último clavo de un ataúd demasiado pesado para los areneros, obligados entonces a marcar al menos tres goles, una cifra que en todo el Verano apenas alcanzaron dos veces.

Fue también el punto final a una historia que se inició en el 2004 y que se apagó en menos de un mes, el tiempo en el que se gestaron las cinco derrotas al hilo que anoche le arrebataron al Pacífico su último representante en la máxima categoría.

Ni la abarrotada Olla Mágica obró el milagro de un conjunto demasiado escaso en ofensiva y tantas veces permisivo atrás, pero sí compró un emotivo adiós para una afición que no hace demasiado tiempo también vio partir la leyenda del Municipal Puntarenas.

La anotación de Yashin Bosques al 25’ apenas alcanzó para mantener vivo el pequeño hilo de esperanza de los locales, mas nunca para pagar la renta tan pesada que empujaba a los chuchequeros al vacío.

Limón, el otro invitado a esta jornada de drama, se conformó con hacer lo suyo, vivir de los intereses de esa matemática y ganarse cada segundo posible en el reloj.

Lápida. Y entonces con el pitazo final vino el contraste: la tragedia consumada del descenso porteño, el júbilo de la salvación limonense.

Brazos al cielo, rodillas al suelo, los jugadores de la Tromba agradecieron al de arriba por la misión cumplida y la pequeña porción del Lito Pérez que sí festejó el resultado se impuso a una enorme marea naranja de tristeza y desilusión, y llenó de cánticos una Olla que se ahogó en el silencio.

Las lágrimas vivas en el rostro del defensor porteño, Rafael Núñez, fueron el golpe crudo de todo lo que ya no se hizo, el último gesto de vergüenza deportiva en un equipo que no siempre la tuvo; pero que, sin embargo, fue apreciado por un sector de la grada que se levantó a aplaudir a uno de los de su casa.

El resto del conjunto arenero se apresuró al camerino lejos de cámaras y grabadoras en una salida igual de presurosa a la que finalmente también tuvo su feligresía, esperanzada en un cierre diferente que al final sencillamente no se dio.

Con la misma celeridad también se vaciaron las calles cargadas de luto por otro descenso que recordó tanto a aquel del 2001, lapidario para el extinto campeón de 1986.

El barco arenero zarpó así hacia aguas con peligro de olvido, las mismas que alguna vez navegaron otros dos equipos de la provincia (el otro fue el Municipal Osa), las mismas que consumieron a ambos.

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