Por: Jorge Barraza 22 marzo, 2015

Buenos Aires

A diferencia de la de Londres, la BBC de Madrid no es una estación de radio sino un tridente ofensivo futbolístico: Bale-Benzema-Cristiano Ronaldo. Y últimamente no sintoniza bien, se desconecta. En cambio al trío rival se lo escucha con nitidez: Messi-Suárez-Neymar tienen buena onda, armonizan, se abrazan, sonríen, se felicitan. Están bien juntos.

Otra vez se topan Barcelona y Real Madrid. Y otra vez se juegan mucho. El siempre ardiente enfrentamiento (puntero y escolta de la Liga Española) se focaliza en sus delanteros porque entre los seis suman casi mil millones de dólares de cotización; es lo máximo. Sin embargo el clásico de hoy involucra mucho más que el ataque de ambos equipos.

El Barça está en alza: finalista en Copa del Rey, líder liguero, cuartofinalista en Champions . Puede ganar todo. El Madrid es la contracara: eliminado en Copa del Rey, cedió la punta en España y pasó de milagro la eliminatoria europea ante el modesto Schalke 04. Puede perder todo.

Cada acontecimiento relacionado con los dos grandes de España, por minúsculo que fuera, genera un ruido universal; es lógico, desde hace tiempo son los dos equipos más poderosos del mundo; reúnen los mejores jugadores, son favoritos a todos los títulos.

Pero el presente de estos colosos puede cambiar en un partido. Una sola derrota les instala una crisis, un gran triunfo los reencausa hacia la gloria. La caída del cuadro azulgrana en San Sebastián ante la Real Sociedad fue el punto de inflexión. Esa tarde -4 de enero, primer partido del año- el Barça podía tomar la delantera al Madrid, que había perdido el día anterior con el Valencia, pero a Luis Enrique se le ocurrió una idea genial: dejar en el banco a Messi, el hombre que le venía ganando todos los partidos desde el inicio de la Liga y cuyo único reclamo es jugar siempre. La Real Sociedad es habitualmente una bestia negra para el club catalán. Y le ganó. Fue como si hubiera caído un meteorito en el Camp Nou. La suplencia, la derrota y una discusión en un entrenamiento rebelaron a Messi. Leo dio un golpe de autoridad en el vestuario y Luis Enrique quedó desacomodado, achicado; el barcelonismo lo condenó. Ahora tienen un trato mínimo, pero de casualidad le salió bien al técnico: picaneado, Messi se propuso liderar la remontada y a partir de esa derrota todo ha sido escalar, al punto de haber alcanzado el liderato y estar a tiro de todas las competiciones. Leo ya lleva 43 goles y 21 asistencias en el curso 2014-2015, aunque más allá de las estadísticas, es su temporada consagratoria como conductor y jugador de toda la cancha. Ya no es apenas un fantástico definidor, en él nace todo el juego del equipo. Su actuación ante el Manchester City deslumbró al mundo.

La parábola del Madrid ha sido inversamente proporcional. Hasta la Navidad era un barco que surcaba los mares victorioso. Había metido once goleadas en 12 partidos. El nuevo año le ha pegado duro. En 10 partidos de liga sufrió tres derrotas y un empate, mucho en ese nivel de persecución con el Barça. Entre esas caídas está el bochornoso 0-4 con el Atlético de Madrid y la eliminación, con el mismo rival, de la Copa del Rey. Y el colmo fue la derrota en casa ante el Schalke jugando pésimo. Pasó de suerte; contando los dos partidos había hecho más méritos para seguir avanzando el once alemán. Fue una actuación tan penosa que encendió todas las alarmas. Porque ya venía deshilachando su juego el equipo de Ancelotti. Y aunque cientos de millones de hinchas en el mundo declamen que prefieren jugar mal y ganar (un disparate), saben que jugando mal no hay futuro.

Las lesiones de Modric, James y Sergio Ramos han influido, sin dudas, en el declive. Ramos es la rebeldía, el caudillo ganador; Modric el lúcido conductor del mediocampo, el eje del equipo; y James se llevaba bien con los tres de arriba, abasteciendo y también anotando. Isco es más hábil, aunque a veces transporta demasiado cuando los de la BBC reclaman el pase.

El gran dilema del madridismo es si se debe mantener incólume a la BBC. Jugar con tres fijos arriba supone tener también tres en el medio cuando todos los equipos ponen cuatro. Además, Kroos es un buen pasador pero tiene poca marca. La diferencia con el trío del Barcelona es que Messi no es delantero de área, es un “10” que arranca de muy atrás y llega al gol después de organizar juego. Con lo cual permite que los tres volantes se dediquen a tareas defensivas y de apoyo.

Ancelotti acaba de afirmar que “estando bien, la BBC es intocable”. Claro, si el rival deja jugar tienen un poder de definición tremendo: 75 goles entre los tres en lo que va del 2014-2015. Sin embargo muchas veces pierde el medio por inferioridad numérica (se hace muy patente ante el Atlético, que le copa la zona y le gana). Por tradición, el Madrid se exige jugar siempre con un “9” de punta; de modo que Benzema se asegura; Cristiano es quien es y no lo sacarán. Y Bale es una apuesta del presidente que costó 101 millones, por decreto no puede salir. Cuando el marketing y la cartelera prevalecen sobre el fútbol, las consecuencias pueden ser nefastas.

A Benzema el fútbol le recorre todo el cuerpo, un tocador finísimo y un goleador de rachas. Crack indiscutible. Pero también es un témpano, siempre parece estar más allá del bien y del mal, en la alegría y en el sinsabor. Desde el Mundial hacia acá no da señales positivas. Lleva 11 goles en liga.

Gareth Bale es un contragolpeador letal, veloz, agresivo, de poderoso remate zurdo; pero la gente lo ve y ve el cartel de jugador más caro de la historia de este deporte: 101 millones de euros. Y no percibe bien por dónde los vale. Suma 12 goles en campeonato. Se lo acusa de individualista y de no colaborar en la faz defensiva. Por último está Ronaldo, con sus números individuales siempre altos y su aportación colectiva más petisa, su divismo extremo, a veces exasperante (es evidente que Bale no lo soporta). El Madrid está a un punto en la liga y en cuartos de final en Europa. A tiempo de ganar lo más importante. No se lo puede descartar nunca, es un club que a través de la historia ha dado muestras de un poder de reacción fabuloso. Y tiene gol por todos lados.

El terceto azulgrana también es excelente, y sobre todo exhibe mayor compañerismo. Cuando uno marca un gol hay que mirar la reacción de los otros para comprobar que la dicha es compartida. La gran novedad en este bando es que Suárez ha retomado su nivel de crack como en Liverpool: convierte, asiste, preocupa a todas las defensas, es un tanque difícil de aguantar por físico y temperamento. A nadie le debe gustar tener que marcarlo.

El Barça aún no ha ganado nada. Tendrá en el Athletic de Bilbao un tenaz rival en la final de Copa del Rey (el 30 de mayo) y el PSG será durísimo en Champions. En Liga le queda mucho camino, 11 partidos, entre los cuales debe los cuatro más complicados: Real Madrid y Valencia adentro, Sevilla y Atlético afuera. Cuatro duelos donde podría dejar muchos puntos.

El Barça luce mejor. Y se juega en el Camp Nou. Aún así, es temerario dar un pronóstico.