Por: Jose David Guevara 29 enero, 2015

Con don Jesús Mendoza Villarreal se podía hablar de Dios, el tema que más lo apasionaba; o bien, de la carpintería, el oficio que le permitió ganarse la tortilla palmeada de cada día; también de bajos y guitarras, como los que fabricaba en su casa de maderas y tejas ancianas; igual de la vida, ese pozo de aguas dulces y amargas del que bebió durante 78 años; de su familia, doña Ángela, Sara, José Ángel, José Antonio, Ruth, Kevin... y también de asuntos tan cotidianos como el fútbol.

José David Guevara
José David Guevara

En esos casos, cuando el balompié era el centro de la tertulia, las palabras de “Don Chú” eran un balón que rodaba con modestia por entre los signos de puntuación. Un pase a ras del suelo entre una coma y un punto y coma. Una jugada de pared entre dos puntos y puntos suspensivos. Un taquito entre un punto y seguido y un punto y aparte.

Dicho de otra manera: el suyo no era un discurso con poses de erudito, tonos de sabelotodo o verborrea de apantallador; su plática era humilde como él, reposada como él, respetuosa como él. Este hijo de Sardinal de Carrillo, Guanacaste, era un aficionado franco, realista y con sentido del humor. Tenía claro que el deporte rey era parte de la vida, pero no lo más importante; algo así como el postre que endulza y deleita, mas no el plato fuerte que satisface y nutre.

Era un placer sentarse a conversar con él sobre la Liga, Saprissa, Herediano, Cartaginés, Liberia, Guanacasteca, la Selección, el Mundial, Paulo Wanchope, Wílmer López, Paté Centeno, Keylor Navas, Bryan Ruiz... Aquel hombre alto, delgado y de piel tostada por las brasas del sol guanacasteco se instalaba en una silla situada entre la fachada de la casa y un poste de electricidad, en tanto que su contertulio ocupaba un espacio en una vieja pero maciza banca de madera ubicada sobre la acera.

Y mientras tenía lugar el intercambio de recuerdos, datos, pronósticos y opiniones se escuchaba el canto de un gallo, los cascos de un caballo, el silbido prolongado de un zanate, la gritería de una bandada de pericos, el rodar de una bicicleta sobre el asfalto y la tarde olía a café, tanela, rosquilla, piñonate, cuajada, gallina achiotada...

Echaré de menos las tertulias con “Don Chú”, cuyas palabras sobre este tema ya no ruedan a ras del suelo sino a ras del cielo.