Por: Roberto García H. 6 junio, 2015
Roberto García.
Roberto García.

Dos emisarios de Alajuelense viajaron a Suramérica en busca de un estratega para su equipo mayor. Trajeron consigo siete carpetas de entrenadores quienes, a juzgar por sus nombres y currículos, no son figuras especialmente destacadas en sus países ni en el exterior.

Uno podría pensar que, inclusive, del menú de esas carpetas foráneas surja una oportunidad para que el elegido --Hernán Torres, según trascendió en la tarde del jueves-- queme una etapa de aprendizaje y enriquezca su hoja de vida a costa de probar suerte en una entidad futbolística de tradición y prestigio internacional.

Por lo general, los técnicos foráneos ponen como condición que si se les contrata, sea en combo con su propio cuerpo técnico. Aunque la organización pretende que uno de sus valores, como Wilmer López, Mauricio Montero o Cristian Oviedo, funja como asistente y aprenda del titular, de tal modo que en el corto o mediano plazo, el técnico de extracción manuda asuma las riendas del equipo, cuyos colores defendió en la cancha con hidalguía.

Sin embargo, es extraño que timoneles de sangre rojinegra y con vasta experiencia, como Luis Diego Arnáez y Javier Delgado, no hayan sido tomados en cuenta, con verdaderas posibilidades, en las famosas carpetas. ¿Habrán sido descartados de antemano?

¿Será que, además, en el seno directivo de los erizos se tiene la certeza de que ningún técnico costarricense –que los hay y muy buenos-- está a la altura de Óscar Ramírez, por ejemplo?

La huella de Ramírez es imborrable, por supuesto, mas, de ahí a que ninguno de sus colegas nacionales pueda igualarlo y hasta superarlo, hay mucha diferencia.

En todo caso, lo que importa es que los dirigentes de la ciudad de los mangos den en el clavo con el sustituto de Ramírez --en este caso, el cafetero Torres-- y que la Liga vuelva a dar la vuelta olímpica.

Claro, eso de “dar la vuelta olímpica” no es más que una metáfora; es decir, lenguaje figurado, puesto que en nuestro medio no hay posibilidad de que un equipo que resulte campeón logre cumplir con ese ritual de alto espíritu deportivo, en vista de la siempre “imprevista”, inevitable y detestable invasión de la masa en la gramilla. Pero, del asunto de la incultura deportiva, nos ocuparemos en otra ocasión.