Por: Roberto García H. 3 junio, 2014
Días luminosos en Mercedes Norte. Sol juega con Itzel y Danny. | RAFAEL MURILLO
Días luminosos en Mercedes Norte. Sol juega con Itzel y Danny. | RAFAEL MURILLO

Un simple arroz cantonés puede convertirse en un manjar si se disfruta con buena compañía.

Dice Solange Rodríguez que cuando su galán la podía invitar, el cantonés servía para matizar la ocasión grandiosa de compartir con Daniel Cambronero, el muchacho humilde y noble que, con el transcurrir de los días, se había convertido en su paño de lágrimas.

Primero habían sido amigos, después novios y más tarde esposos, desde el 14 de mayo de 2010.

Su nombre es Solange. Él le llama Sol. En torno a su mujer, a Itzel y Danny, los hijos de la pareja, giran su vida, sueños e ilusiones.

Mas, en la existencia de Daniel, un arquero volador con los pies en la tierra, otros afectos cuentan por igual. Son sus padres, Jorge Cambronero y Rita Solano, y sus cuatro hermanos, Julián, Seanny, Andrea y Cristhoper.

Porque Daniel es así, un chico de extracción humilde que antepone a Dios sobre todas las cosas y comprende que la dimensión de sus anhelos –ahora como guardameta de la Selección Nacional–, cristalizan en la medida que el Creador dispone y, fundamentalmente, en función de lo que con su afán pueda lograr, para la honra de sus afectos y de quienes confían en él.

Sancho, Cupido. “Cuando lo conocí, yo estaba pasando por una dura crisis personal. Mi primo Kevin Sancho (jugador de Liga Deportiva Alajuelense) me invitó a pasar unos días en el Puerto, cuando Kevin jugaba allá”, describe Solange.

Don Jorge Cambronero trabaja en la Universidad Latina, en Heredia. | RAFAEL MURILLO
Don Jorge Cambronero trabaja en la Universidad Latina, en Heredia. | RAFAEL MURILLO

“Vamos a pasar por Daniel, un compañero”, me anunció Kevin al llegar a casa por mí. Y así lo conocí, en un viaje a Puntarenas.

“Con el tiempo, nos hicimos amigos. Yo le contaba mis dificultades, la crisis por la que atravesaba y él, atento, paciente y cortés, me prestaba toda su atención.

“Así empezó nuestro noviazgo. Iba por mí a la Universidad y, si él tenía platilla, me invitaba a comer un arroz cantonés.

“Luego, me acompañaba a pie hasta mi casa. Poco a poco, lo empecé a querer. Por su humildad. Por sus palabras. Por su espíritu de superación.

“De paño de lágrimas, pasó a ser mi compañero de vida. Ahora, Daniel y yo llevamos una existencia buena, junto con Itzel, mi hija de 11 años, y Danny Gabriel, nuestro bebé de 10 meses de edad.

“Tenemos gustos familiares sencillos. Estamos en casa, vamos juntos al súper, o llevamos a los niños al parque”, dice Solange.

Prometió que si lo inscribían en el Saprissa, sacaría buenas notas. ¡Cumplió! | RAFAEL MURILLO
Prometió que si lo inscribían en el Saprissa, sacaría buenas notas. ¡Cumplió! | RAFAEL MURILLO

“Papi es muy vacilón”, cuenta Itzel. “Juega conmigo de escuelita, me ayuda con las tareas y siempre trata de que estemos contentos”.

“¡Es zurdo!” Correr detrás de un balón fue la ilusión de Daniel desde su tierna infancia. Jorge Cambronero, su padre, descubrió que el chiquillo pateaba muy bien con el pie izquierdo. “¡Sinónimo de buen jugador!”, intuyó don Jorge.

Lo de la portería llegó después, en un partido con la liga menor del Saprissa. Lo probaron en la meta y ahí se quedó para siempre.

El mayor de los cinco hijos del matrimonio Cambronero Solano ha sido, además, el eje y el principal soporte de la familia.

“Desde que estaba chiquitito, Daniel se caracterizaba por su esfuerzo, claridad y constancia.

“Nos pidió que lo metiéramos en las divisiones menores del Saprissa, lo que implicaba un esfuerzo económico importante para nosotros. Él prometió que llevaría por igual sus estudios. Y cumplió siempre, con excelentes notas”, narra doña Rita Solano, su madre.

Gafetes y boletas que certifican la trayectoria de un gran arquero. | RAFAEL MURILLO
Gafetes y boletas que certifican la trayectoria de un gran arquero. | RAFAEL MURILLO

“También hizo realidad su promesa de darnos una casita, con el dinero que comenzó a ganar en el fútbol”, destaca la señora.

Los ojos humedecidos, la emoción de Solange. Sobre la mesa del hogar, en Mercedes Norte de Heredia, yacía un pequeño diario de páginas entreabiertas.

“Daniel anota aquí las cosas lindas que nos pasan y también las vivencias tristes”, afirma su esposa, llena de admiración. Ella se llama Solange. Él le dice Sol.