Por: Jose David Guevara 18 octubre

Tal y como solía hacerlo, aquella noche de clásico nacional el portero Bernardino Chávez, de la Liga Deportiva Alajuelense, saltó a la cancha del estadio Ricardo Saprissa vestido con una capa al estilo de la de Batman, se colocó bajo el marco y representó un espectáculo vampiresco que provocó risas, aplausos y silbatinas.

José David Guevara
José David Guevara

Aunque observé ese partido desde la gradería de Sombra Este, no recuerdo si tuvo lugar en los años 70 o en los 80. Lo que sí tengo fresco en la memoria son los dos goles que el talentoso mediocampista Francisco “Chico” Hernández le anotó a aquel Drácula de la gramilla.

El hematófago de la portería rojinegra no pudo saciar su sed de triunfo a pesar de lo “colmilludo” que era; por el contrario, los morados hundieron cuatro estacas en sus redes. Supongo que las que más le dolieron fueron las de quien jugó con el equipo de la Primera División del Deportivo Saprissa de 1967 a 1982, pues nacieron de un par de saques de puerta erráticos.

En ambos casos, Chávez se precipitó al poner el balón en juego y, para su infortunio, la redonda cayó en pies de “Chico”, quien desde fuera del área nada más tuvo que levantar la mirada, observar a qué distancia del arco se encontraba el guardameta y rematar con la exquisita y elegante precisión que siempre lo distinguió. En cuestión de segundos estalló el grito de “¡¡¡GOOOOOL!!!

Daba gusto ver jugar a ese volante de baja estatura que a la hora de administrar la redonda se transformaba en un gigante, un maestro, un mago. La pateaba, acariciaba, rozaba o escondía con una técnica que le he visto a muy pocos futbolistas costarricenses.

“Chico” Hernández sabía pasar la bola, cobrar un tiro libre o de esquina, lanzar un pelotazo hacia el área rival, ejecutar un taquito o una jugada de pared; dominaba el arte de colocar la pelota justo en el punto donde había que enviarla. Por algo el exgoleador morado, Evaristo Coronado decía que la época en que le resultó más fácil cosechar anotaciones fue en la que recibía el balón de “Chico”.

A ese jugador fino, preciso, exacto, matemático lo recuerdo y extraño cada vez que veo a los actuales futbolistas costarricenses haciendo un mal pase, un pésimo remate, regalándole la bola al contrario, realizando “centros” que dan vergüenza, malogrando jugadas que estaban para más, demostrando a más no poder que así como “el hábito no hace al monje”, el uniforme no hace al crack.

“Chico”, por favor, ¡enséñeles a patear!