Por: Jose David Guevara 7 septiembre, 2016

De repente uno de los amigos cambió de domicilio. Su familia decidió, debido al nuevo trabajo del padre, trasladarse a otra provincia. Volvimos a verlo muy pocas veces, pues para que él llegara al barrio tenía que tomar tres buses de ida y tres de regreso. De cuando en cuando le hablábamos por teléfono, pero no era lo mismo. Simple y sencillamente perdimos a un defensa.

Luego otro empezó a trabajar. Se convirtió en vendedor en una librería, después de que sus padres lo obligaron a buscar empleo cuando se negó a regresar al colegio. Horario de lunes a sábado, por lo que los domingos se dedicaba a descansar y perecear. Nos cansamos de rogarle que retornara a las canchas, por lo que nos quedamos si uno de los mediocampistas; por cierto, era un buen jugador pero lo costaba soltar la bola.

“Les cuento que tengo novia”, anunció un día el guapo de la barra. “¿Y cuáles días vas a marcar?”, le preguntamos. “Tengo permiso de los suegros para ir a su casa los jueves, sábados y domingos”, respondió. “¡Diay, mae, ¿y las mejengas?”, preguntó uno de los más fiebres. “Voy a negociar con ella”, contestó. Nunca supimos si de veras negoció o si lo hizo y recibió un contundente “no” por respuesta. El caso es que hubo que improvisar un portero.

Nos dolió quedarnos sin el delantero más letal, hombre gol nato, con olfato envidiable para las oportunidades dentro del área. Remataba con ambos pies, cabeceaba con fuerza y precisión, y tenía una gambeta que pocas veces se ve en las plazas. ¡Ni modo! En la iglesia lo convencieron de que jugar fútbol era pecado y peor si se hacía los domingos, “día del Señor”.

Cupido flechó al más corpulento con una gringa. Amor a primera vista y de los bravos porque pronto comenzaron a jalar, pronto hubo boda, pronto nació el primer hijo y pronto se fueron a vivir a los Estados Unidos. Una baja más en aquel enorme y unido grupo que esperaba con ansias las mejengas de los domingos por la tarde.

Finalmente, otros iniciaron estudios universitarios, unos recibieron becas para estudiar fuera del país, muchos más se casaron, algunos murieron jóvenes, aparecieron las lesiones irreversibles y las enfermedades crónicas…

Y así, poco a poco, se desgranó la mazorca de amigos y dejamos de mejenguear. Lástima.

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