Por: Jose David Guevara 12 marzo, 2015

A finales de la década de los años 70, cuando aún no sabía lo que era llevar una cédula de identidad en la billetera (la verdad, tampoco tenía idea de lo que era poseer una billetera), me dio por probar suerte en una de las divisiones menores del Deportivo Saprissa. Un amigo me tentó con la posibilidad de entrenar cada semana con un equipo de carajillos que dirigía el exjugador Elías Valenciano.

En cuestión de pocos días comencé a asistir religiosamente al estadio Ricardo Saprissa. Mi objetivo no era ser contratado algún día por un club europeo de renombre, un paso que en aquella época apenas figuraba en el catálogo de los sueños de los futbolistas ticos, a pesar de que el alajuelense Alejandro Morera Soto había saboreado con éxito estas mieles en la década de los 30 cuando jugó con el FC Barcelona. Mi deseo era divertirme, pasarla bien.

Sin embargo, gocé de un beneficio adicional: tener contacto con los integrantes del equipo de la primera división, mis héroes en aquel entonces; con ellos nos ponían a jugar de vez en cuando.

Una noche nos dividieron en dos bandos, en cada uno de los cuales había jugadores de la máxima categoría. A mí me correspondió enfrentar a uno de los deportistas que más admiraba: Carlos Santana Morales, un mediocampista rápido y talentoso que jugó con Saprissa entre 1972 y 1984.

En determinado momento un saque de portero hizo que el balón se elevara alto y cayera en el centro de la cancha. Cuando vi que Santana se disponía a apropiarse de la bola, corrí con todas mis ganas a peleársela, pero claro, yo era un adolescente flaco e inexperto y Santana un jugador fuerte y mañoso. ¿El resultado del choque? Un trabonazo que me hizo volar y caer sobre el zacate como un saco de papas; desde el suelo vi a mi rival intacto e iniciando una carrera con la redonda dominada. Sin embargo, de repente frenó, se desprendió del balón y corrió hacia mí; se agachó, me puso una de sus manos en la espalda y me preguntó si me sentía bien. Después me ayudó a levantarme, me dio un abrazo y me dijo: “Huevón, lo felicito, así se mete la pata, con ganas, sin miedo”.

Cada vez que veo jugadas malintencionadas en nuestro fútbol, recuerdo aquel gesto de Carlos Santana Morales y me pregunto: ¿Es tan difícil ser noble en la cancha?